El invierno y el patriarca

Los hechos lo confirmaron: suspendidos en el aire, desde una cápsula vigilante y casi milagrosa,
movieron las fichas en la tierra. Lo hicieron sigilosos, a la hora en la que el mundo se abandona a
la inconsciencia, para que hubiera pocos testigos u obstáculos, pero sobre todo para tener
control narrativo.

Entraron a las 2 am del 3 de enero. A las 5 am, todo el planeta tierra lo sabía. Ya estaba hecho, la historia ya estaba contada. Estuvieron por dos días en una celda en el condado que años atrás vio nacer a Notorious B.I.G. y a Jean-Michel Basquiat.

En la madrugada del 5 de enero, cuando el sol débil del invierno neoyorquino aún hacía roña, un helicóptero de la Administración para el Control de Drogas –la DEA– sobrevoló el espacio aéreo del sur de Manhattan. El helicóptero los transportaba, junto a agentes de la DEA, a la Corte del Distrito Sur de Nueva York.  

Foto de María Fernanda Alarcón

Una figura, a la que pareciera que le estorban las manos, entró a la sala que lo aguardaba arrastrando sus zapatos color naranja fosforescente. La sala parecía que le daba cierta inmunidad y le quitaron las esposas. Entonces, caminó con más naturalidad hasta su puesto en la segunda silla de la tercera fila. Su rostro no mostraba emoción alguna, más bien se mantenía mirando al frente y con la espalda bien erguida, como quien no ostenta vergüenza ni temor. A su lado derecho estaba sentado su abogado, Barry Pollack, quien alguna vez defendió a Julian Assange por el escándalo de WikiLeaks. A su lado izquierdo, Mark Donnelly, el abogado de su esposa. Al lado izquierdo de Donnelly estaba Cilia Flores,
su esposa.

Se puso los audífonos y se sentó a escribir en una hoja blanca. Escribía como si tuviera que confiarle al papel todo lo que no podía revelar en su rostro.

Good afternoon, ladies and gentlemen –inició puntualmente el juez Alvin Hellerstein a las 12 pm. Hellerstein, un nonagenario y judío ortodoxo, ha sido el juez en casos de alto interés mediático como el de Harvey Weinstein.

Antes de escuchar o hacer cualquier pregunta, leyó los cargos; Primero, narcoterrorismo. Segundo, narcotráfico. Tercero, posesión de armas y dispositivos de destrucción. Cuarto, conspiración por posesión de las mismas.

Are you Nicolás Maduro Moros? –continuó Hellerstein.

En el estrado, esa figura de zapatos color naranja, pantalones beige y camiseta azul oscura se levantó y acercándose al micrófono dijo:

– Soy Nicolás Maduro Moros, presidente constitucional de Venezuela. Fui secuestrado por una intervención militar del gobierno de los Estados Unidos. Soy prisionero de guerra y me acojo a los Acuerdos de Ginebra. Fui capturado en mi hogar en Caracas, Venezuela…

I only asked you if you are Nicolás Maduro Moros. There will be time for the rest in the trial. Are you Nicolás Maduro Moros?

– Sí, soy Nicolás Maduro Moros.

Foto de María Fernanda Alarcón

Maduro ha sido casi una leyenda en América Latina, porque es muchas cosas. Un presidente que fue camionero, el heredero insigne del comandante Hugo Chávez, quien ignoró la decisión electoral popular hace un año cuando el pueblo eligió a Edmundo Gonzalez, quien ordenó la represión a las protestas masivas del 2014 y 2017, el causante –parcial– del éxodo venezolano, quien ha mantenido torturas a opositores del gobierno, la materia prima de una caricatura –Super Bigote–, un hombre grande e imponente en sus alocuciones presidenciales.

Pero en esa sala, Maduro, dejó de ser una leyenda y su humanidad comenzó a destellar. Definitivamente era alto, pero no robusto, ni caricaturesco, ni mucho menos infinito – tal como se especula de los
héroes épicos.

Hellerstein prosiguió, con cada pregunta más cortante, utilizando el lenguaje jurídico que es todo
menos conversacional. Le preguntó si había podido leer el documento de la acusación. Maduro respondió que no y que prefería leerlo personalmente, como quien intenta reclamar poder en donde
todo parece perdido.

– You heard the charges at the beginning of this session, are you guilty or not guilty?

– Soy inocente, soy un hombre decente, presidente constitucional de mi país…

Just say if you are guilty or not –respondió Hellerstein impaciente.

– Soy inocente. No soy culpable de nada mencionado aquí.

El juicio continuó con el caso de Flores, que se movió mucho más rápido. Flores comenzó respondiendo en inglés a las preguntas del juez, pero tras ser interrumpida por el juez al contestar que era Cilia Flores, la primera dama de Venezuela, tomó como acto de rebeldía responder en español.

El español se percibió en la corte como una muleta que entorpecía el flujo normal de la conversación, pero que por su misma capacidad de ralentizar, hacía tiempo. ¿Para qué el tiempo? Para pensar, para confundir, para preguntar, para suspender por unos segundos lo inevitable. El mismo español que Bad Bunny ha usado como resistencia para la causa independentista puertorriqueña.

Luego vino la intervención del gobierno de Estados Unidos, liderada por el abogado Kyle Wirshba, quien comenzó hablando de los derechos que tenían Maduro y Flores: acceso a una traducción del inglés al español, a recibir actualizaciones de su caso y a tener visitas de su oficina consular.

Pero Venezuela no tiene consulados en Estados Unidos desde el 2023.

Prosiguieron con las fechas de la próxima audiencia y los siguientes pasos del caso. La próxima fecha importante es el 17 de marzo a las 11 am, día de su siguiente presentación en la corte.

Maduro, mientras tanto, siguió escribiendo empedernidamente en las hojas que reposaban sobre el escritorio. Muchos de los que observábamos la audiencia nos preguntamos ¿qué escribe? ¿Escribirá sus planes? ¿Quiere dejar un registro fidedigno de lo que escuchó?

Luego de preguntarnos qué escribía, también apareció la pregunta: ¿Por qué lo hace?

Su escritura, tal vez, es un síntoma de su miedo a la soledad. Tal vez, su confirmación de que no puede confiar en nadie, ahora que sabe que la estrategia para capturarlo fue por la infiltración de un agente de la CIA dentro de su gabinete. Tal vez su miedo a ser tocado por la justicia por primera vez.

Solicitó que le permitieran tener posesión de sus notas preciadas y que estas fueran
conservadas íntegramente.  

La audiencia cerró con una última solicitud: Flores y Maduro necesitan atención médica urgente. Sospechan que Flores tiene una costilla fracturada a causa del operativo estadounidense para sacarla de Venezuela, y Maduro tiene unos problemas de salud que no detallaron.

Foto de María Fernanda Alarcón

Al salir de la audiencia hubo una protesta frente a la corte. Dos grupos divididos por una pancarta negra que decía: “STOP illegal war on Venezuela!” gritaban arengas. El grupo que estaba ubicado a la derecha era mayoritariamente de venezolanos que celebraban la captura de Maduro, que sentían un respiro por su país, que sentían por primera vez que la justicia abrazaba a su pueblo. Eran alrededor de 100 personas. Se arropaban con las banderas tricolor de siete estrellas mientras Nueva York estaba a -4 °C, gritaban: “Maduro, cobarde, declárate culpable”. Tenían letreros en los que agradecían a Donald Trump, denunciaban las torturas que vivieron, manifestaban el dolor por la separación de tantas familias. Ocho millones de venezolanos han emigrado desde el 2014 a causa de la crisis humanitaria y la violencia en
su país.

En el lado izquierdo, había un grupo de menos de 15 personas que gritaban: “Free Maduro, the people ‘s president”. Llevaban la bandera de Puerto Rico y la de Palestina. Eran estadounidenses, mayoritariamente blancos, ningún hispanohablante.

En un momento, un inmigrante venezolano se acercó a pedirles a los que estaban a la izquierda que se detuvieran, que ellos no entendían todas las violencias que el pueblo venezolano había tenido que vivir durante el gobierno de Maduro. La discusión se agitó y empezaron a grabarse, se gritaron e incluso se dieron algunos puños.  

Mientras trataba de fotografiar la protesta, un señor venezolano de aproximadamente 70 años se me acercó y me preguntó: “¿Eres venezolana?” Le dije que era colombiana y contestó: “Esta es una victoria para ustedes también, imagino que vienes a apoyarnos y a celebrar”.

La protesta evidenció la polarización que trae la captura de Maduro, la falta de matices,
la binariedad, la falta de escucha empática, la negación de las contradicciones y de la ambigüedad
que trae esta situación.

Maduro es el patriarca que Venezuela intentó hacer caer y no pudo. Hubo protestas, negociaciones, elecciones fallidas y llamados de ayuda a la comunidad internacional. Pero poco ayudaron los otros países y parecía que Maduro “gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás”, en palabras de García Márquez.

Ahora el futuro de Venezuela es una especulación.         

Las certezas son que se siguen desconociendo los resultados electorales, que la vicepresidenta Delcy Rodríguez y el ministro del interior Diosdado Cabello siguen en el poder, que Estados Unidos violó varias leyes internacionales y nacionales, que Trump está implementando la doctrina Monroe para afianzar su vigilancia sobre América Latina, que el interés por el petróleo es el motivador del operativo y que todos parecen preocupados por un país que ignoraron con condescendencia por décadas.

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