Quién, a estas alturas, no ha visto el documental de Sean “Diddy” Combs en Netflix. En mi caso, lo empecé a ver con moderada rabia, pero al pasar las cuatro horas de recopilación documental, mi repulsión por Sean Combs se volvió insostenible. Me puse a llorar.

Sean Combs fue juzgado en 2025 por un tribunal federal, imputado por cargos que incluyen tráfico sexual, crimen organizado y fraude, siendo condenado únicamente por “transporte para prostitución”. Le dieron 50 meses de cárcel.

Evidentemente, su habilidad para salirse con la suya lo sigue acompañando, como ese reflejo enceguecedor, propio de quienes ansían poder. Incluso después de que el mundo entero tuviera que vérselas de frente con lo peor que han gestado nuestras sociedades (patriarcales y capitalistas, aunque nuestras, al fin), un tribunal decidió que no era culpable.      

50 meses ni siquiera son tres años.

Diddy sigue teniendo 19,1 millones de seguidores en Instagram.

Estamos atrapados. La justicia no existe. ¿Qué hacemos?

     La idea de que Diddy fue un niño dañado aparece en el documental con igual fuerza que la de su maldad “heredada”. Su padre, Melvin Combs, un gánster connotado, murió después de que le volaran los sesos en un ajuste de cuentas. Nunca lo conoció. Pero sí lo admiró, como admiraba y recelaba a otros gánsteres que formarían parte de su vida. Su madre, Janice Combs, parece haberlo amado, haberle enseñado a disfrutar del ritmo de la música de Donna Summer, haberlo convertido en un Dandy a sus cortos diez años, como también haberlo golpeado hasta que a los vecinos les sangraban las orejas.

Las personas son moldeadas por el dolor, como también por el amor. Pero si hay más dolor que amor, más vale irse con cuidado, dice Kirk Burrowes, cofundador de Bad Boy, amigo de la infancia y padrino del primer hijo de Sean “Diddy” Combs. ¿Cuánto nivel de dolor es capaz de soportar un cuerpo antes de trastornar su mente?

La idea de que hay que contar con amor a nuestro alrededor para poder crecer y ser parte de una sociedad en la que queramos contribuir, no es ninguna sorpresa, pero al terminar de ver el documental, habiendo pasado por la recapitulación de su infancia, cada uno de los eventos sangrientos que lo llevaron a convertirse en el gatekeeper de la industria musical, cada confesión de cada mujer      violada por él y su séquito de maldad, me pregunto: ¿no es la compasión algo innato? Conocemos miles de casos de infancias dolorosas, y muchas de ellas, convertidas en artistas de verdad. Incluso podríamos buscar cerca de nosotros quienes sufrieron de pequeños horribles pesares. Sabemos que eso no constituye un monstruo.

 “Soy un hombre negro positivo, hago música para que nos unamos”, dijo Combs en los MTV a finales de los 90, justo antes del asesinato de Tupac. Mentía. Envidiaba a los que brillaban por sí mismos, los que realmente hacían arte. Él necesitaba llevar un espejo.

     Que no quedara preso de por vida no es un error judicial, es una decisión coherente con un sistema que distingue entre cuerpos desechables y capital simbólico. Capital que se debe cuidar. Capital que cuida capital. ¿Dónde se esconden los demonios?

Vivimos en una sociedad que ha sido cegada por reflejos, viviendo con ideas erradas sobre qué es el poder. Así no puede haber justicia. Queremos fama, le creemos a los que la ostentan, babeamos por el dinero, siempre pensamos bien de ellos. Preferimos sentir patética admiración. Pero los bufones les pertenecen a los reyes. Trabajan para acumular control; perpetuarlo a través de la violencia, traspasárselo al cuerpo de las víctimas.

La imagen en The Times Square donde aparecía él con el puño en alto… Cuando la vi vomité. Justo ahí. En la calle” dice Joi Dickerson-Neal refiriéndose a una gigantografía de Combs en pleno Nueva York. Ella es la primera víctima conocida, al menos, dentro de las demandas. Él está viviendo en la victoria y yo… en el trauma y la derrota”.

     ¿Cómo conseguirán reparación? Me encantaría que la justicia pudiera significar cosas leves como poder perdonar rápidamente, olvidar el pasado renovando por completo el espíritu, como cambiándose de ropa. Pero no. Eso sería desear que la vida fuese algo que no es. No somos más que una condición de la gravedad.

Pero hoy más que nunca sabemos que podemos arrebatarles nuestro dinero de las manos. ¿Quién abanica al diablo? Encuéntralo, desfináncialo. Debemos negarles lo que los mantiene respirando, quitarles nuestra atención. Si el equilibrio no se manifiesta en tribunales, se juega en lo que nosotros decidimos mirar, adular. Comprar. A todo lo que le damos re–watch.

Mantenerse consciente es la única forma. Apagar la mente es como apagar la televisión.

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