Flores plásticas llenan la tumba —rosas, peonias, algún clavel, quizás— y, aunque ocupa un solo nicho, los globos, molinillos, tazas, fotos y figuritas de todas formas y tamaños completan el mausoleo personal que los Quintanilla Guerrero compraron a las apuradas y a plazos —probablemente—el día que Jorge Ignacio pasó a engrosar la lista de habitantes de este cementerio perdido en medio de cerros y pastizales, tirado a la vera de un camino por el que pasan muy pocos autos y muchos camiones. Fecha de defunción: 1 de enero de 2023. Edad: 12 años. Como una rara broma del destino y de la mímesis, la foto principal lo enmarca en un festivo fondo rojo y motivos de alegría findeañera: «Feliz navidad y próspero año nuevo», desea, con la mirada extraviada, perdida, en una composición que ya empieza a perder sus colores. Son los primeros días de diciembre de 2025 y el sol abrasa, inclemente, y va borroneando, poco a poco, estos trozos de historia.

Este no es uno de esos cementerios por los que la gente hace fila para entrar, tampoco es hogar de figuras famosas y resultaría difícil imaginarse a Mariana Enríquez —labios rojos vestido negro ojos incendiados— atravesando sus calles estrechas y faltas de gracia con la sonrisa llena de emoción gótica. Acá no hay parques enormes medidos en hectáreas ni árboles milenarios ni historias de amantes desesperados ni mucho menos épica. En él no se inspiraron historias —de ninguna especie— y es improbable que sea motivo de pesadillas de nadie. Acá no está ni Alfonsina Storni ni Pedro Lemebel ni Raúl Ruiz ni Enrique Lihn; acaso, quizás los famosos que tiene más cerca sean el «vampiro» Lastarria y el pirata William Cook, pero ellos están en Rancagua, a dos horas de viaje en auto y algunos centímetros bajo la corteza.
Aunque no existen registros ni datos oficiales es fácil presumir que el Cementerio Parroquial de El Manzano data de principios del siglo pasado y también es fácil presumir que su población, si no es mayor, al menos es similar a la del poblado del que se alimenta. Ubicado en la localidad del mismo nombre, también caen a sus tierras difuntos de las localidades aledañas El Estero, Las Balsas, Los Aromos y El Durazno. Zona seca de cactus y plantas amarillas, paisaje escarpado de cerros y quebradas, en los albores del país —Chile— todo esto pertenecía a Inés de Suárez, quien por su difícil geografía decidió darle uso como cabrería —de ahí el nombre de la comuna que agrupa todo el sector: Las Cabras—. Hoy esta cartografía no cuenta en total, agrupando todas las localidades, con más de un par de miles de habitantes que se dedican principalmente a la agronomía y al turismo de baja escala que atrae el lago colindante.

Basta entrar para encontrarse con un mapa que divide el camposanto en 18 manzanas, sus calles llevan los nombres de las localidades vecinas —Santa Eugenia, El Parrón, Las ánimas, Cocalán, Quilamuta—y no se ven más visitantes que algún grillo ocasional camuflado en el marrón del suelo y uno que otro albañil levantando un nuevo mausoleo, quizás reparando construcción dañada. Se divide —informalmente, nada lo señala— entre el sector nuevo y el antiguo; en el nuevo predomina una idea higienista y ascéptica del cambio de estado —de vivo a inerte—: mucho vidrio y metal barato, poca piedra mucha foto y mensaje de alegría, mucho sol también y poco lugar para estar, para sentarse, como si acá se viniera solo a depositar osamenta y no resguardar memoria. Lo que predomina también en la parte nueva es que tumbas a suelo no hay, apenas un par de paredes —tristes, escuálidas, minúsculas— destinadas a nichos y el resto todo mausoleo, hay mucha bandera de Colo–Colo, mucha referencia a fierros y motos, a camiones, mucha foto deslavada, mucho ladrillo esparcido en el suelo, cada tanto un tambor con flores y vegetación en descomposición. Se repiten los nombres, también: mucho Raúl, mucha Gladys, mucho José, algún Roberto, mucha Rosa, mucha Mercedes, también Matilde, Orlando, Sonia, se encuentra un Leoncio, un Cayetano, una Celia, un Valdovino, una Cilina. Los muertos son, en general, muy jóvenes o muy viejos, como si la gente acá dejara de existir solo por tragedia o por vejez, sin medias tintas. «Gracias por su protección y amor», se lee en marcador celeste en uno de los muchísimos vidrios que aíslan cada pequeño mausoleo, «Súper Mamá y Capitán América» aparecen como firmantes.
El paso del sector nuevo al antiguo no está delimitado pero se siente en la atmósfera: un silencio más hondo, una calidez distinta, un descanso más profundo, más asentado. Los nichos dan cuenta de su vejez —acá hay por montones— y aparece la vegetación y la fauna que del otro lado no habita: robles, quebrachos —falso quebracho, diría alguna: Senna candelloana, para mayor precisión—, rosales y casuarinas llenan el aire de olores y ruidos, dan espacio a la sombra, atraen aves de todo tipo, albergan, quizás, mamíferos pequeños, lagartijas, insectos. En el límite hay un canal cuyo ruido completa un cuadro que resulta, al menos, más acogedor. Hay otra arquitectura, también: mucha piedra —tallada, esculpida—, mármoles, rejas, cruces de madera esparcidas por el suelo señalando en todas direcciones. Destacan dos patios internos en los que lo individual parece dar paso a lo colectivo: las tumbas —todas a tierra— se mezclan, se invocan, se abrazan, los pasadizos que las delimitan ya casi no existen, se borronearon con el tiempo; basta avanzar algunos pasos para ya no estar seguro si lo que se pisa es tierra es cuerpo o es hueso; visto de lejos parece una comunidad autónoma y establecida, la vegetación —malezas, brotes silvestres, Avena sativa (ea)—se fue tomando los intersticios, fue horadando las tímidas rejas que algunos deudos pusieron para cuidar a sus difuntos: nada es hombre, nada es tierra, acá es todo junto.
A la salida hay un pequeño puesto de flores que está cerrado junto a un kiosko que da a la carretera, estacionamientos vacíos, los ruidos en sordina de los camiones que pasan a toda velocidad. Al frente un club nocturno —lunes a domingo de 21 a 4 de la mañana, despedidas de solteros, «solo para ellos» reza su cuenta de Instagram—, arriba un cielo vacío de nubes y lleno de desolación, y poco más. Quizás algo de olvido.

