Recuerdo las siestas en la casa de mis abuelos. El patio, la sombra de la parra, el silencio de esas horas en las que parecía que el mundo se detenía. Ahí estaban los bustos de Perón y Evita.
Con mi hermana jugábamos con ellos. A Evita le pintábamos los labios con pétalos rojos de malvón. Los pasábamos con cuidado sobre su boca hasta que el color de la flor quedaba sobre sus labios. También le hacíamos collares con flores de paraíso: agua e hilo para enhebrar esas flores pequeñas, claras y perfumadas. Cortábamos otras flores del jardín y, con un poco de saliva, se las pegábamos en la frente hasta formar una corona. La adornábamos como si fuera una reina, una novia o una santa.
No sabíamos demasiado de Evita. Para nosotras, era parte de la casa y de nuestros juegos.
Muchos años después entendí que aquel busto guardaba otra historia. Era el mismo que mi abuelo escondía cuando el contexto político se volvía más tenso. Entonces Evita desaparecía del patio y pasaba a algún lugar secreto de la casa. Durante la dictadura y los años de represión, ese busto podía convertirse en un motivo de sospecha o de peligro.
Con el regreso de la democracia, el busto ya no tuvo que esconderse. Volvió a estar a la vista, en el patio, sin que su presencia implicara peligro. Pero yo era demasiado chica para comprender ese cambio. Solo recuerdo a Evita como una compañía en las siestas de verano.
Con los años, la casa cambió. Cambiamos nosotras. También cambió el destino de aquel busto. Mi madre lo donó al Partido Justicialista. Cuando supe que ya no estaba en la casa, intenté recuperarlo varias veces. Hablé con distintas personas, pregunté, insistí. Quise saber qué había sido de él, quién lo tenía, si todavía existía. No pude encontrarlo.
No conservo la estatua, pero en mi memoria permanecen el patio, la parra, los malvones rojos, el perfume de las flores de paraíso. El hilo entre nuestras manos. La imagen de mi hermana y de mí adornando a Evita, jugando con una parte de la historia de nuestra familia y de nuestro país.
No sé si sabíamos que estábamos jugando con una santa. Quizás sí. Quizás toda infancia conoce, antes de poder nombrarlo, el misterio de la adoración.
Ahora tengo una estampita de Evita sobre mi escritorio. La miro mientras escribo. Permanece entre mis libros.
Pienso en aquellas niñas que jugaban con flores y no sabían todavía que estaban construyendo un altar.
Pienso en mi abuelo escondiendo el busto.
En mi madre entregándolo.
En mí intentando recuperarlo.
Y en esta estampita que, de algún modo, volvió a traer a Evita cerca de mí.
Tal vez por eso, tantos años después, vuelvo a adornarla. Esta vez no con collares de flores de paraíso, sino con palabras.
Santa del pueblo
guardiana y protectora
en una estampita
llevo tu foto
creo
en tus poderes.
Quizás uno de estos poderes tenga que ver con permanecer. Volver en una fotografía, en una flor, en un recuerdo. Seguir estando cuando todo lo demás ha cambiado.


