Si te hubiera llevado al río,
a la casa de musgo donde
aprendí a balbucear,
quizás, por el camino,
habrías potado en el coche,
por los senderos serpenteantes
del valle del Alberche; quizás
nos habrían picado los mosquitos,
las abejas; los calandinos
habrían mordido nuestros padrastros
hasta alcanzar la cosquilla; quizás
habrías dormido en la sombra esmeralda
que daban los pinos:
te habría acunado la nana ancestral
que trinan el mirlo, el agua paciente,
y los peques,
correteando de un lado a otro,
y mis tías gritando “ni se os ocurra
saltar desde la roca”.
Aquella tarde que no será,
promete el perro de mis primas
un agosto templado y celeste,
tiritando mientras nos ladra
a la vera de las jaras.
Me habría gustado llevarte:
allí dio mi hermano sus primeros pasos
y nadamos todos mis primos,
pero escucha las cifras:
más de 30.000 hectáreas,
25.000 evacuados,
8.000 confinados, 51 de cada 100:
incendios provocados,
fauna y flora: no existen
censos oficiales.
Como cáculos,
de mi agarre precipitan
añicos de mañanas rotos,
reducidos a ceniza;
tardes que arden
y se calcinan
en soles incombustibles.
Me faltan dedos para contar
los veranos que ya
no.

