Tengo una piedra en el zapato

que no me deja descansar.

No me deja correr

y tampoco me deja cantar.

Se mete a mi cuerpo

por el dedo meñique,

se introduce

y pasea

haciendo de cada vena

un pequeño río,

un goce momentáneo

(para la piedra, claro).

Sus esquinas causan en mí

ausencia

me dejan mirando a la pared,

chupando las manecillas del reloj

como esas golosinas

que ya no me puedo comer.

La piedra tiene acta de nacimiento

y lugar de origen

pero es piedra maga

entonces sabe cómo cambiar

de relieve y peso y forma.

No siempre me molesta.

A veces mi piedrita

sale del zapato,

se sienta en el sofá

y me pide que le cante.

Me pide que le cante

una melodía en ruso,

que le cuente chistes

pero en silencio.

Que sea su payaso,

su cigarro

y su beso prohibido.

La piedra es internacional

y conoce todos los caminos.

Yo he intentado

hacer como que la olvido,

que la regalo,

o que la ahogo.

Pero siempre vuelve.

Vuelve en forma de planta,

de hombre,

de yogur,

de espada,

de abdomen.

Y aunque ella se ponga

mil sombreros

y máscaras,

sé que está.

No olvidaría su olor por nada.

Soy como un murciélago

que ahí con los ojos cerrados

la siento en los espacios vacíos.

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