Siempre surge la duda. Por fuerza deben saber que no estoy lista, o al menos intuir que esta entrada no forma parte de la cadencia habitual que adquiere la voz después de una llamada tras otra. Me pregunto si reconocen el contraste de un Buenos días bien engrasado por la rutina, del inserto gutural del primer Buenos días que un ser humano arrastra de la cama a la mesa. Es decir, que aún no recuerdo ni quién soy yo, ni que trabajo aquí, ni que ellos tienen derecho a llamar y yo la obligación de responder. Este Buenos días aún no es suyo, aunque tampoco es del todo mío.

En el tiempo que tardo en saludar, la normalidad se va imponiendo por palabras. ¿Cómo puedo ayudarte? trata de imprimir una fuerza interrogativa que espero sea capaz de redimir todo lo demás. Termina siendo un más o menos. No lo consigue, el otro lo sabe y yo también, pero nadie se queja. Al fin y al cabo, todo lo que hay que decir está dicho, salvo quizá mi nombre, pero esto hace tiempo que no lo cedo.

Abro la ventana de la habitación. Es imprescindible que enrolle un cigarrillo antes de afrontar lo que sea que quiera el que está al otro lado del teléfono. La ventana está a un lado, aunque la preferiría en frente para abstraerme a gusto. Todos los manuales desaconsejan la mesa frente a la ventana, aunque ninguno está pensado para mi goce y abstraimiento. Así que miro a la pantalla blanca sobre la pared blanca. Me recuerda a las notas a pie de texto en los museos: óleo sobre lienzo, acuarela sobre papel, cemento y pigmento, tinta, busto y arcilla. Me recuerda solo por opuestos, lo que no es exactamente un recuerdo, sino ¿un anhelo?

En medio de la habitación está insertada una cama tamaño king injustificada y sin opción de movimiento; parqué oscuro, casa antigua, un poco abandonada. Sobre los radiadores y enchufes, motas de pintura que recuerdan cuántas veces ha sido precariamente pintada.

He tratado de adueñarme del espacio por muchos medios, obviando las recomendaciones de mesas frente a ventanas, sustituyendo muebles, decoraciones varias, una lámpara, una ausencia de ella, una alfombra, suelo raso, quizá un toque de color, azul profundo, una planta, algo reluciente y algo suave. Sin embargo, lo único que la arregla es vaciarla. Y de tanto vaciarla, se ha quedado en la mínima expresión, pantalla blanca sobre pared blanca mal pintada.


La mínima expresión se parece a mi saludo sin nombre. Este pensamiento me libera y me desasosiega a partes iguales. Hace años, en otra mudanza, el anterior inquilino se dejó un recorte con una frase pegada al marco de la puerta. Me pareció profundamente desalentadora: nowhere to go, nothing to do. Como se trataba de una comunidad espiritual, la frase formaba parte de lo probable, aunque no de lo habitual. Lo habitual eran cartas de animales pegadas a las ventanas, mandalas y ángeles de cristal colgantes.

Aunque con los años he reconocido alguna aproximación al alivio que promete, en general, no llega más que a un nihilismo escueto y recortado, irresoluble en la práctica. Al fin y al cabo, el hombre que la puso ahí —a modo recordatorio, imagino, de una verdad inmutable— dejaba la comunidad, dejaba el país y ponía punto y final a ocho años en una remota esquina del norte de Islandia. ¿Entonces cómo lo hizo Paul? ¿Tomó la decisión sin fuerza de voluntad, ni deseo, ni arrepentimiento, ni congoja, sin planes, sin billetes, sin ahorros, sin expectativas y sin puentes del otro lado? En definitiva, ¿cómo uno hace todo lo que hay que hacer para cruzar el mar con el rezo nowhere to go, nothing to do flotando como libro de cabecera? Probablemente Paul sí hizo planes, sí deseó, sí tuvo congoja, arrepentimientos, dudas, idas y venidas, ahorros y algún puente del otro lado.

Bebo del pitorro lo más sigilosamente que puedo mientras espero a Elena. Hago todos estos ruiditos diarios: encender un cigarro, aspirar, espirar, comer frutos secos muy despacito, y luego pongo cuidado en seguir hablando con la misma naturalidad. Nadie se queja. Creo que lo escuchan, como una publicidad subliminal. Elena hace un trabajo excepcional en insertar la tercera persona del plural unas diez veces por reunión, nuestra gestión, nos gustaría, tenemos que, en plural y en positivo. Es una suerte tener dos pantallas: yo miro a la principal mientras la cámara queda ladeada en el portátil, ella hace lo mismo, así que nos hablamos a la yugular, por así decir. Este inconveniente comunicativo me da la sensación de proteger mi identidad y todo lo que se vaya a decir a continuación.

Elena usa un fondo minimalista, apartamento con vistas a la playa. Yo mantengo lo que hay; me resulta excesivo tapar el blanco sobre blanco con unas cataratas de Windows, no, eso sería demasiado. Luego, me lee novedades y objetivos, va perdiendo fuelle con el plural: un error de sistema aquí, un dato que no aparece, un mini resoplido, una exasperación, quizá porque su vecino es influencer y tiene dos coches y qué injusticia, que ella antes ganaba bastante más. Finalmente termina con un nosotros, no muy diferente a mis Buenos días. Casi siento lástima por Elena; su posición requiere más entusiasmo que la mía. En realidad no, es una identificación momentánea. Igualmente doy las gracias por el feedback, el positivismo y por recordarme que remamos en la misma dirección.

Desaparece Elena con su apartamento de vistas al mar, me dejo caer un poquito en la silla, arqueo la espalda, expulso el humo, miro a lo que sea, pantalla blanca sobre pared blanca.

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