Basta que la luz toque el fondo
para que los códices y los siglos se aniquilen,
y así poblar de corazonadas o chiripas los prismas de la página
como un modo de fundar cielos llenos de ídolos,
cuya historia se mide en insomnios.
Y de nuevo, por vez última (mientras alguien muere),
traducir con cierto espíritu
alguna forma del poema que salte más allá de su sombra.
Hay en ese entusiasmo del tiempo sólo una sola noche,
donde no en vano la letra aprende a morigerar la poesía en los confines;
acaso inventa un verso para demostrar que hay un poeta
o para saber, en realidad, si existe el mundo.
Quién si no él, el otro, el prolijo,
el huésped de tierras y de mares,
despliega las variaciones cuando el olvido parece agonía.
Nada en la creación es ágil a pesar del rito
que durante las duras porfías el lenguaje gasta el cuerpo.
Quizá hoy, pasado, nunca, la mano berenga labre el fervor de la tinta
y la oquedad del arte remonte el vuelo.

