Un atardecer estático, como de cielo vaciado de atmósfera, de tiempo quieto y aire infranqueable, se posó sobre el mundo y el resto no fue más que grito y sombra.

No habría nada más.

Ni siquiera la tierra recién enfriada que se coló en sus sandalias, ni la humedad en la piel de la noche advertida, ni el sabor de abeja del último dátil masticado al cobijo de sus ramas, ni el olor añejo de la grey que ascendía de su túnica vaporosa hacia el bulbo olfativo de su cerebro y que iba a ser su desgracia de pobre trashumante predilecto.

Todo sería la sombra amenazadora que le haría alzar las extremidades agarrotadas sobre su cabeza, que le contraería la mandíbula en la fricción tensada de las dos hileras de dientes, que le atirantaría el espinazo doblado de súbito encima de su pelvis crispada cuando la mente ya no llenara nada ni le diera lugar al arrepentimiento, solo al sonido gutural del aullido.

No habría nada más que no fuera el alarido contrayendo sus entrañas cuando la sombra maxilar se proyectó sobre la tierra para acabar con el balar bovino, con la curtiduría de las pieles y los grumos cuajados de la leche, con las placentas de cada lechal que lo había condenado antes del tiempo de las dudas, arrebatándole la posibilidad de añorar el sabor de la manzana, la bífida canción del reptil, el lugar al que van las mujeres que Dios no quiere nombrar.

En el instante anterior al fin no hubo nada que no fuera el aullido tensando cada músculo y la sombra ósea que marcaba el término de sus ciclos lunares, los colores cambiantes de los campos, el tarareo de los ríos, la iracundia del asperón, el vuelo migratorio de las perlitas del desierto que no podría recordar.

Porque todo fue un grito estremecido que llegó hasta Dios, que nada puede contra la sombra definitoria de la quijada que inauguró la muerte sobre la tierra.

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