Alan Pauls contó en el lanzamiento de Malas lenguas (2026) que tradujo un texto inédito de Proust. Al texto, magro, corto, lo rodeaban prefacios, postfacios, aparatos críticos, análisis, líneas de tiempo, etc. Ese magma de escritura lucía impertérrito, aséptico. Un síntoma del vacío del lenguaje académico. No obstante, Pauls el insidioso, el maldiciente, se enteró de los conflictos tras esas comunidades objetivas y científicas de la crítica literaria: las mezquindades, los movimientos estratégicos, los papers para escalafonarse, los datos que unos cuidan con celo y no comparten. Esa suerte de doble fondo, de vida paralela que bulle tras una aparente distancia de las comunidades investigativas. Ahí empieza el interés por ese tipo de personajes. De allí sale la premisa y las preguntas de la nueva novela de Alan Pauls: ¿qué pasaría si alguien suspicaz leyera la biografía de un académico y advirtiera, de golpe, que se trata de una pantomima? ¿Cómo se podría desenmascarar esa biografía amañada, mentirosa, desviada?

La novela inicia con el nombre de Bernal, que aparece a vuelo de pluma en el capítulo doce. Una escritora anónima, pero muy presente, que conocemos como “nuestra amiga”, es la autora de la biografía sobre Baldó, un profesor retirado de lenguas muertas que llegó a dirigir la Naldoni, una biblioteca prestigiosa. Bernal, nos enteramos, es un escritor fracasado que logró un puesto en la biblioteca y a quien se le obliteran y se le anulan todos sus aportes en materia de archivo y revisión bibliográfica. Bernal es contratado en la sección de libros raros y allí logra clasificar y ordenar epistolarios, obras olvidadas y otras reliquias de alto valor cultural. El mérito de esa labor se le atribuye injustamente a Baldó, el director de la biblioteca. Luego sabemos que al lector, quien nos habla en primera persona y narra la novela, no le interesa reivindicar el nombre de Bernal en términos de su trabajo como bibliotecólogo. El lector-narrador (de quien nunca sabemos su nombre) desentraña la biografía, la disecciona y la defenestra porque Bernal es su amado perdido, su adoración escurridiza, y el libro de “nuestra amiga” se reduce a nombrarlo solo una vez (en el capítulo doce) con todas sus letras, como si fuera insignificante.
El entramado de relaciones que despliega Malas lenguas es casi infinito. El lector-narrador de la novela fue amante de la amiga que escribió la biografía que él lee, aunque ella lo buscó con unos fines utilitarios porque solo quería obtener información secreta sobre Baldó, su biografiado. Bernal también fue amante de ella e incluso vivió con ella hasta que el lector (y narrador) se lo arrebata y lo reclama como un botín. Ese es solo el triángulo amoroso más visible. Se podría hablar de hexágonos o dodecaedros amorosos. Hay informantes, unas especies de mensajeros o detectives privados, que a su vez intercambian dinero y favores sexuales con los personajes. Baldó, el biografiado, organiza orgías en antros supuestamente dedicados a las artes visuales. Los personajes se mueven entre sitios nocturnos abyectos, bares y prostíbulos. La promiscuidad es su política relacional. Subrayo aquí uno de los temas transversales de la novela: la transacción.
Los personajes, incluyendo al narrador-lector, son escritores fracasados, reseñistas, poetas menores (como Bernal), biógrafos, profesores, columnistas y funcionarios de bibliotecas. Son personas sin ínfulas, pero sí con mucho ego; no hacen nada que no implique un bien personal y un daño sobre los otros. Instrumentalizan la escritura para ganar dinero, premios, prestigio. No tienen una visión artística o literaria de su oficio. Se podría decir que son más escribas que escritores. Entre sí se atacan, expelen chismes, calumnias, retaliaciones. Su motivación para actuar está mediada por bajas pasiones: la envidia, el recelo, la venganza, la competencia, el odio. En ese escenario, el narrador lee la biografía desde unos celos recalcitrantes. No lee para enterarse, lee para desmentir y tratar de encontrar cabos sueltos, pistas que le digan si su amado Bernal fue contratado por participar de los encuentros obscenos de Baldó o, quién sabe, por tener algo con algún otro funcionario de la biblioteca.
Alan Pauls con esta novela pone en el lente la crisis de la representación, presente sobre todo en esos géneros que predican una neutralidad absoluta como la biografía o la historia. Hacer una biografía es decidir sobre el sentido de una vida, que en principio es puro caos y dispersión, nos dice Pauls. El biógrafo ofrece una exégesis, una coherencia y una dirección a las situaciones, hechos y decisiones que tomó una persona en su vida. El biógrafo da una interpretación, pero por más documentada que esté no deja de ser parcial, viciada y arbitraria.
En Tiempo y narración Paul Ricoeur estudia las maneras en que configuramos el relato sobre la identidad. Según el filósofo francés, hay una discontinuidad entre los tiempos y entre las dimensiones personales. Hay un tiempo interno (psicológico) en donde existe el recuerdo y las proyecciones futuras, que sería un tiempo elástico y subjetivo. Por otro lado, existe el tiempo cosmológico, es decir, el que comprendemos como una magnitud física: el tiempo de los relojes y de la ciencia. Al nivel de la identidad personal también subsiste esta incongruencia: hay una identidad estable y objetiva como la del cuerpo, la del nombre o la del carácter; mientras que hay otra identidad dinámica, abierta al cambio, capaz de reinventarse. Lo que unifica los tiempos y los tipos de identidad es la narración, afirmaría Ricoeur. Un tercer tiempo (el de la narración) y un tercer estadio, eslabonador, llamado identidad narrativa. Es contando una historia que le damos unidad y sentido a la vida. Por eso en el género de la biografía se cuenta algo crucial. No se trata solo de la verosimilitud o de las fuentes consultadas, pues lo que está en juego son unos regímenes discursivos que dictan quiénes somos, cómo nos contamos quiénes somos y qué estrategias se usan para crear ese relato.
La amiga escribe y publica la biografía sobre Baldó a partir de intereses subrepticios. Cabría la pregunta de por qué hacer un libro sobre un académico insulso, sin ningún atractivo más allá de su vida oculta y nocturna. Baldó es un hombre de setenta años que es susceptible de verse como un lagarto cultural: alguien que logró sus puestos por medio de contactos, de su posición social y a costa del trabajo de otros. Un hombre aburrido, cuya vida diurna se basa en reuniones, consejos y muestras de colecciones de la biblioteca. Es decisivo la forma y el fondo que elige la amiga para contar esa vida mediocre: usa una prosa funcional y maquilla los hechos, adecenta, civiliza al hombre de letras. Dice el narrador:
“La vida de Baldó, que sin conocerla en detalle sonaba sosa, apagada, un poco rancia, no mejoraba mucho cuando la iluminaba la linterna empedernida de nuestra amiga, y menos narrada por el tipo de prosa administrativa que parecía ser su fuerte, y mucho menos con las omisiones, artimañas cosméticas o falacias con que la autora trataba sus dimensiones menos diáfanas.”
La imagen que presenta la amiga en su biografía redunda y apuntala esa visión opaca y ajena de profesores universitarios y funcionarios culturales, aunque estos, si se los observa más de cerca, no están exentos de la depravación y el vicio. Y eso, justamente, es en lo que se quiere concentrar el narrador, puesto que busca hacer visible el mundo sórdido de las relaciones humanas (así se den en contextos de alta cultura o, más aún, por darse en dichos contextos).
El narrador de Malas lenguas crea una especie de contranarrativa o de antibiogafía. Su nota al pie a la biografía de la amiga (el libro que leemos: Malas lenguas) no es nada indulgente: subraya sus vacíos y sus omisiones. Si la estrategia de ella fue crearle una identidad impoluta a Baldó, la respuesta de este lector malicioso será ensuciar esa narrativa (ensuciarla de realidad, de exactitudes y verdades aterradoras). Al final, lo que propone este narrador, si traemos a Ricoeur, es crear unas narrativas deseantes, sin impostura y sin tibieza. Si fuéramos sinceros con nuestras historias, parece decirnos este libro, estas estarían plagadas de decisiones libidinosas, de fantasías y deseos sexuales. En ese punto la novela es completamente paradójica, pues narra el mayor libertinaje y la máxima promiscuidad sin mencionar una sola escena explícita. En un mundo donde el sexo es una moneda de cambio, un acto carnal sin sentimentalismos, no se habla de ninguna zona erógena, de ningún miembro o de ninguna penetración. Lo que ocurre está en los marcos del puritanismo narrativo, pero por inferencia sabemos que lo que sucede es excesivo y sin principios morales. Esta especie de elipsis extrema hace parte del pudor de las narrativas académicas basadas construir el buen nombre. El efecto que crea esta suerte de lengua que oculta y mira de reojo es doblemente ominosa: la obscenidad se multiplica al tratarla con tanta hipocresía.
Se podría afirmar que el tiempo cosmológico de los personajes está burocratizado. Tienen deadlines, tiempos de entrega de sus textos espurios, se ganan becas y residencias, viven a la espera de puestos, de muestras en museos o en bibliotecas y de procesos editoriales. A Bernal, por ejemplo, le adaptaron una biografía suya sobre la Derqui, una guerrillera heroica y poco conocida (como todos los biografiados de este libro). La adaptación cinematográfica es precaria, tergiversa el libro y lo deprecia. Sin embargo, de esas pequeñas glorias se ufanan los personajes. Fuera de ese tiempo cronológico, marcado por la burocracia cultural y académica, los personajes de Malas lenguas habitan el tiempo psicológico de la espera y el deseo: “Doy vueltas mentales alrededor de cosas, cosas de cualquier tipo, en especial esos coágulos de incertidumbre y desasosiego que se instalan en el centro de la cabeza”.
El narrador, sin ir más lejos, se muere de angustia por el paradero de Bernal, que se pierde sin dejar rastro, reaparece y se vuelve a esfumar. La piel con moretones de Bernal, sus chucherías y su ropa regada por el apartamento del narrador son los signos de ese naufragio amoroso. Guardar el mugre y el desorden del ser deseado es una forma de no dejarlo ir. A la manera de Ricoeur, la temporalidad burocrática y la temporalidad psicológica no están separadas en Malas lenguas. Antes bien, se cruzan y se conjugan, aunque se repelan. Incluso las bibliotecas, los estudios fotográficos y las oficinas de trabajo se ven invadidas por escenas pornográficas, por intercambios de fluidos y de dinero.
Otro de los aspectos que se trata sin dogmas estáticos es la identidad sexual. En la novela no se hace un énfasis especial en el mundo gay. Sí es claro que los personajes son de género fluido: se cruzan hombres con hombres y con mujeres. Más que bisexuales, son posiblemente pansexuales, pero eso sería limitarlos. Estos personajes están movidos por un deseo ciego, que no se sacia. No se estabilizan en una orientación única. El chisme y el lenguaje envenenado es quizá lo más estable de sus personalidades. También sus nombres sirven de paradero de la identidad. La novela está plagada de nombres que aparecen por un instante fugaz o que se quedan y se convierten en vórtices que se tragan todo a su alrededor. En ese marasmo nominativo resalta un inocente: Tilde, un perro ciego e incontinente que llega a la biblioteca para quedarse. Ese perro es el único que no usa su lengua para el mal. A los demás personajes los marca el uso de su lengua como sable. El daño es lo que los define. La piedra de toque de su personalidad está ahí, en ese veneno. Alan Pauls, con sus frases largas y subordinadas, en esta obra nos abre la puerta a un mundo muy parecido al nuestro, en el que las palabras se usan para destruir y donde la posibilidad del diálogo no existe más.

