Comencemos por el principio, si es que hay alguno. “Hace apenas un siglo de distancia los europeos migraban a Latinoamérica como una forma de salir de la pobreza”, afirmación que para nuestra época puede resultar absurda e incluso cómica. Pero así fue durante años, primero entre 1880 y 1930 y luego para el período de la Segunda Guerra, campesinos pobres de Galicia, Sevilla o Sicilia, como también podría decir Véneto, Asturias o Euskal Herria, abordaban barcos sin tener siquiera claridad alguna de hacia dónde específicamente se dirigían sus naves. Le pasó a mi bisabuelo cuando llego a Valparaíso, Chile, en un barco que pensaba lo dejaría instaladísimo en Venezuela, donde estaba su hermano, y de seguro le pasó también a un montón de personas más, como a la bisabuela de esta exquisita zaga de mujeres que reúne a cuatro generaciones bajo la narrativa de Valeria Luiselli.
Principio, medio, fin. ¿Diario o novela? Da lo mismo. Prefiero retitularla en este escrito como Principio a medio fin, una bellísima reflexión sobre el tiempo y sus múltiples formas de manifestarse. En sus más de 300 páginas se cruza y superpone caóticamente el tiempo histórico o el tiempo cósmico con el tiempo físico y el tiempo psicológico; estos últimos, por breves, quizás los más trágicos y empeñados en acoplarse, en busca de consuelo, con el origen del tiempo mítico.
Si la misión de la literatura es librarnos del tiempo periodístico de la realidad, de la esclavitud de la hora y la fecha para trascender hacia otras realidades ya sean estas estéticas, metafísicas, líricas o místicas, la lectura de este relato de pérdidas y nuevos comienzos logra romper con la tiranía del tiempo cronológico llevándonos por diversos planos simultáneamente. De un párrafo de dramas subjetivos saltamos a otro de dramas geológicos, de un duelo de pareja se pasa a los dramas arquetípicos representados por Proteo y de la pérdida de la memoria o el lugar de pertenencia a su restitución momentánea.
Mientras leía reparé en una estrofa que se me reveló como algo demasiado cierto, no por su elocuencia, sino por su realidad. Es algo que creo experimentar a diario y refiere a lo siguiente: “los padres sostuvieron el mundo para uno, un mundo que no estamos seguros de saber sostener solos todavía, sostenerlo para nosotros mismos y nuestros hijos, no en el sentido práctico, de sustento económico, sino en el sentido más profundo, de ser los que construyen una noción de tiempo y espacio, el ritmo de los días y el orden de las cosas”.
Un hogar fundamentalmente es rutina y repetición y por fortuna creo llevar un hogar dentro, uno que dejaron mis padres a fuerza de crear una serie de ritos cotidianos hasta generar el hábito, esa misma palabra que los geólogos emplean para describir la posición y forma de una roca. Manuela, la menor de las cuatro mujeres de esta historia, siente que el hogar para ella es quedarse dormida escuchando el tic – tac – tac – tac / tic – tac – tac que generan los dedos de su madre sobre las teclas de laptop cuando escribe. Esa es su canción de cuna y ese es su hogar. Un eco que la lleva a sentirse en casa y que a veces confunde con la lluvia cuando su madre teclea más rápido y concentrada. Me parece común la experiencia de que bajo los sentidos del olfato o la audición se generan viajes en el tiempo. Literalmente nos llevan al pasado —no al recuerdo del pasado, que es como suele funcionar la memoria— sino a una especie de situación muy vívida que ya ocurrió, a una cierta repetición fantasmagórica de la experiencia, un túnel abierto hacia una dimensión distinta.
Manuela, la menor de todas las mujeres de este relato, me fue conquistando de a poco. Quiero decir que fue el personaje que resistí más y al que más terminé queriendo. En un principio me costó aceptar lo sofisticada que era. Con doce años habla, o al menos se comunica, en dos o tres idiomas, lee a los clásicos (aunque más bien es su madre quien lo hace para ella) escucha a The Clash y a The Smiths, se banca la melancolía y la perdida de la que fue la mitad de su familia, juega ajedrez mejor que cualquier adulto, saca fotos con una cámara que ella misma fue capaz de comprar y vive animada por un alto sentido de la moral. Podría haber sido una niña insoportable, pero a la larga es un encanto. Frágil, inocente, confundida también. Su madre, Ella Camposanto —o Valeria Luiselli— se encuentra en el medio de su vida, ese lugar bisagra donde el principio aún está al alcance, pero el final se avizora y aproxima, acechante. Un desastre amoroso, o quizás solo el peso del tiempo sobre las cosas, termina por romper su relación y familia para dejarla con la incertidumbre y el miedo de qué hacer ahora, de cómo empezar de nuevo cuando ya se está en la mitad más uno de la vida.
Destrucción y amparo parecen ser los ciclos por los que incansablemente transcurrimos, individual y colectivamente, y muchas veces en momentos de crisis, cuando ya se han quemado las primeras naves de la juventud, nos torturamos preguntándonos cómo no hemos sido capaces de desenredar definitivamente tal o cual nudo de la trama que compone nuestra vida. Preguntas que actúan como agresiones y nos llenan de miedo, a veces, hasta inmovilizarnos. Si bien el tiempo es una experiencia limitada, atormentarnos por su avance se debe, a mi entender, a esa fuerza coercitiva que nos lleva a concebirlo como un constructo lineal y continuo, como el progreso. Esa idea que nace junto al positivismo y que ha conducido a la pura irrelevancia o al desarrollo de un conocimiento que destruye aquello que conoce o pretende conocer. Para Hannah Arendt, “el progreso es una superstición de nuestra época”, y cuando dice progreso, creo que se refiere a esa idea hegemónica del tiempo que avanza paradójicamente hacia un retorno destructivo.
Frente a eso, la novela plantea una posibilidad de reconciliar el principio y el final en un segmento en que ambos extremos se encuentran, el medio, que vendría a ser el presente, allí donde se juega el instante, pero también el tiempo que viene y el tiempo pasado que pareciera puede cambiar. La historia no está clausurada, indica Benjamín, y se puede reparar porque existe la resistencia de un acto, y es la posibilidad de rememorar. Una actitud que sobrepasa la nostalgia y que implica la redención de las generaciones previas, la reparación de su sufrimiento al darle curso a sus vidas hoy recogiendo las que fueron sus banderas, que también son las nuestras.
Cuando Chris Marker dice que más que recordar, los que hacemos es reescribir la memoria, de algún modo nos quiere decir que el acto de recordar es también un acto creativo. De ser así, podemos salvar el pasado en el presente y engarzarnos a él para que tome en este tiempo un nuevo hábito (como dicen los geólogos) una forma que podría haber desaparecido por completo en el olvido si es que alguien no lo hubiera recordado y puesto en juego nuevamente.
Me parece que a esta reflexión es la que alcanza la niña Manuela cuando insiste a su madre y a su abuela eco radical para devolver una pieza de mosaico de Proteo y que su bisabuela, el principio de esta historia, robó al escapar de Italia. Pero Manuela no solo quiere devolver esta pieza histórica al lugar al que pertenece, sino que también al tiempo que le corresponde, miles de años atrás. ¿Será posible? ¿Es la literatura, o más bien la experiencia estética, una máquina del tiempo? ¿Cómo se ordenan los sucesos en una historia? Una vivencia común sobre la distorsión del tiempo lo marcan los períodos de catástrofes, guerras o desastres naturales que alteran y agudizan nuestro sentido de tiempo. El poeta Germán Carrasco decía en uno de sus versos:
Oh pandemia, rotunda belleza de una ciudad vacía
Oh sagrado miedo que nos mantiene alerta
y juntos, obligados a la organización
a la comunicación mínima y efectiva
obligados a la elegancia. A hablar despacio.
Presiento algo similar en el estado de excepción en que se encuentran las mujeres de esta historia, todas viviendo su propia situación de emergencia. La abuela amenazada por un Alzheimer, la madre preguntándose cómo empezar de nuevo un hogar, la niña en su propia melancolía, enredada en su duelo y empeñada en recomponer el viaje que hace más de un siglo inició su bisabuela. Cuando Valeria Luiselli contrapone en su novela el tiempo de la vida ordinaria con el tiempo de un estado de excepción, lo que hace es enfrentar el tiempo de Kronos contra el tiempo de Kairos. El tiempo Kronos, homogéneo y vacío y siempre igual a sí mismos se desquebraja frente al tiempo Kairos, diverso y lleno, donde cada instante contiene una posibilidad única engendrando una constelación singular entre lo relativo y lo absoluto hasta el advenimiento de un cambio profundo.
La madre y la hija no solo están fuera de su casa, sí que aún tiene una, o fuera de su rutina, trabajo o escuela, sino que también se encuentran en medio de una catástrofe natural y afectiva. Una serie de incendios recorren y devastan la isla de Sicilia arrinconándolas contra el mar. El desastre amoroso contribuye con lo suyo y pienso que sus protagonistas viven inmersas en una percepción cualitativamente distinta del tiempo. Recuerdo que para las protestas o más bien la insurrección que tuvo lugar en Chile a finales del 2019, cada día parecía un año y era tal el hervidero en que se había convertido el país que hechos ocurridos hace menos de una semana parecían eventos remotos. Con los golpes de estado del amor se genera algo bastante similar, catástrofes internas que pueden hacer que los días se alarguen hasta volverse insoportables o que pasen como agua sin darnos cuenta de nada.
Pero es precisamente en esa deformación del espacio temporal donde podemos tejer la trama del presente con los hilos de la tradición perdida hace siglos, salvar la herencia de generaciones pasada e inspirarse en ellas para interrumpir la catástrofe que nos rodea. Creo que el tiempo Kairos es el verdadero tiempo de la memoria, ese lugar sinuoso y complejo, hasta lo desconocido, donde se mezclan las aguas de la imaginación y el recuerdo para dar paso a la ficción.
Principio, medio, fin, es para mí una ironía de título que combate la idea de tiempo lineal, esa estructura ordenada es sobre la que atenta Luiselli desafiando con su narrativa la lógica temporal. El desorden cronológico, que podría calificar de temporalidad subjetiva, puede llevarnos muy lejos, donde no llega una narración ordenada y natural, ya que para entender la realidad, hace falta cuestionar la lógica lineal del tiempo. Principio a medio fin, es un instante narrativo, un momento entre una madre y una hija y una abuela y una bisabuela que más allá de su ausencia en el plano terrenal logra estar presente siempre. Una historia que disfruté y que me abstrajo. Que me arrastró hacia al tiempo Kairos y me permitió faltar feliz durante sus horas de lectura a los compromisos que mandata el tiempo Kronos.

