Yo no quería probar el vino porque el vino era el mejor amigo de los barbudos, los violentos, los faltosos, los guarros, los ruidosos y los que nunca callan. En la mesa siempre había vino y yo lo despreciaba. El día que Paula me contó que lo había probado con su madre y su abuela me dio tanta lástima que esa tarde no salí a llamarla para jugar.Las chicas no beben vino ni bajan a las bodegas, le digo. Sé que si alguna vez bajo y lo pruebo, subiré con barba, gritando y pegando porrazos. Yo sé que el vino no tiene la culpa, ni Paula tampoco. Yo no quería probar el vino porque el vino era el mejor amigo de mi abuelo y de mi padre. Toda la casa cambiaba cuando aparecían oliendo a él.

Mi padre quería que yo hubiera salido niño, pero salí niña y coja. Después de mí no pudieron tener más hijos y se quedaron con una niña coja y distraída. Tú crees que si yo mañana despierto niño, ¿papá dejará de beber? Pregunto a mi madre. Algo muy malo debíamos tener las niñas para desear tanto que yo hubiera salido niño. Y sueño que nazco de nuevo, y nazco niño, pero sigo siendo un niño cojo, distraído y silencioso con una amapola dentro, una amapola imposible de regar en esta casa. Con tantas ganas de llegar al otro lado de la montaña. Y mi padre sigue bebiendo y bebiendo, gritando y pegando porrazos.

Paula era la única chica de mi edad en el pueblo, así que pasaba muchas tardes en su casa. A mi padre no le gustaba la familia de Paula, que son unas rojas, unas sueltas, unas brujas, que no saben cuidar a los hombres, decía. A mí me gustaba que allí no había ni abuelo ni padre. No hay gritos, ni porrazos y suena La Argentinita. Pasábamos horas y horas mirando la lluvia por la ventana de la guardilla, preguntándonos qué hay después de la montaña. Ella decía que por abajo, por los túneles de las bodegas, podríamos llegar al otro lado. Pero cómo, si ni las niñas ni las mujeres bajan a las bodegas.

Un día, me doy cuenta que el vino de la casa de Paula es muy diferente al de mi casa. Huele a cereza y fresa, a canela y pan tostado. El color del vino de la casa de Paula me recuerda a las mariquitas corriendo entre sus dedos. A la hora de la merienda su abuela lo sirve de una jarra de barro blanca, y lo beben juntas en vasos de barro, también blancos. Yo no sabía que el vino podía ser tan rojo, tan rojo como las mariquitas y las amapolas que salpican los trigales. Beben y cuentan las historias de los hombres y mujeres que se escondieron en las bodegas cuando la guerra. En mi casa no se escuchan estas historias sobre el vino. El vino les protegía cuando preguntaban los malos con cuerdas y escopetas.

Entonces, ¿el vino es bueno? Pregunto a Paula mientras terminamos las tostadas con mermelada de ciruela. Paula me coge del brazo y me lleva abajo. Abajo, más abajo, más abajo, por un túnel con un suelo de barro, donde duerme el vino. A ti lo que te pasa es que te bautizaron con agua, y el agua de la iglesia está sucia, me dice. Tienes que bautizarte de nuevo. Paula trae una jarra de vino como la que usan en la merienda, hay tan poca luz que no veo de dónde la saca. Me quita el pantalón y la camiseta, se sube en un banco y siento cómo derrama el vino desde mi coronilla hacia mi frente. El vino baja hasta mis pestañas y me pica y lloro, y ese llorar me alivia. Baja por mi nariz y lo huelo más cerca que nunca, y huele a los paseos en busca de moras. Baja por mis labios y lo pruebo por primera vez, y es ácido, fresco y dulce. Baja por mis hombros y los acaricia, mi busto aún plano y me hace cosquillas, y así va bajando el vino por mi cuerpo hasta abajo, abajo, abajo. Yo no quería probar el vino pero ese día el vino entró en mí. Y así fuimos bajando. Bajamos tanto que, cuando subimos, estábamos al otro lado de la montaña.

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