Ante tragicomedias tan largas como la de la España decimonónica, uno tiene dos opciones: o pegarse un tiro como hizo Larra –a sabiendas de lo muchísimo que se podía estirar el chicle de la vergüenza–, o escribir un libro como El siglo (Ultramarinos, 2025), de Juan de Salas, un poemario que con partes iguales de ironía, temor y ternura, arroja sobre el ¿pasado? una mirada deslumbrante, tremendamente civil.

                  Juan de Salas es investigador y poeta. Graduado en Historia del Arte por la UCM y máster en Crítica de la Cultura por la UC3M. Ha sido becario en la Real Academia de España en Roma. En 2022 publicó Los reales sitios (Ultramarinos) y en 2025 el fotolibro El mundonuevo (RUA Ediciones) junto a Asier Rua.

                  Hoy las cañerías, los ensanches y hasta el granito de la sierra se han juntado en Zun, y tenemos la suerte de conversar con su autor, que hace unas semanas recibió el Premio El Ojo Crítico 2025.

Txomin Requeta: Juan, El siglo empieza con un mapa a dos páginas del relieve de Madrid. En un poema dices que con tantas líneas es muy difícil distinguir las calles y los edificios famosos, y que es casi como si aún no hubiesen fundado la capital. ¿Crees que tu libro abre la puerta a otra manera de fundarla? ¿A una manera quizás más imaginativa de mirar los mapas?

Juan de Salas: Ese mapa de 1848, de los ingenieros Rafo y Ribera, hace lo que hace la ingeniería: ignorar lo existente para permitir lo posible. La ciudad desaparece con todas sus calles, y sólo queda la orografía con sus curvas de nivel; un escenario vacío, abierto, obscenamente disponible a la infraestructura planeada; en este caso, una red de suministro. Lejos de demonizar la ingeniería, creo que este mecanismo –ignorar lo existente, permitir lo posible– es muy interesante, y creo que, con mejor o peor suerte, el libro está escrito desde ahí. Claro que muchas veces, para llevar a cabo sus fines, la ingeniería, por lo que sea, ignora barriadas enteras o valles que inunda, y a mí me gustaría ignorar otras cosas, quizás la propia ingeniería, para llevar a cabo mis fines.

TR: Además, este inicio me interesa porque parece que te vas a encontrar un ensayo histórico o, como mínimo, una de esas novelas costumbristas que intentaban describir al dedillo las calles y los barrios de sus personajes. El siglo tiene algo de  todo eso, pero también es todo lo contrario. ¿Qué importancia le das al juego con los archivos a la hora de escribir?

JS: ¡Para mí es muy importante! Me tomo muy en serio mi trabajo como historiador, y por eso mismo me lo invento todo. Es (parcialmente) broma, pero lo que sí es cierto es que hay algo muy divertido en intentar reconciliar el trabajo de la poesía con el de la historia. El siglo no es un libro de tesis, no es una crónica, no es una descripción, pero tiene algo de todo ello. Es un juego de reconocimiento y des-reconocimiento en el que el formato del documento, del dato, de la efeméride son al mismo tiempo registrados con toda su solemnidad y ocupados, alterados, invertidos.

TR: Y hablando de juego, el humor es fundamental en la mayoría de tus poemas. Mira que ya es difícil encontrar poemarios que induzcan a la risa, pero es que aquí te atreves hasta con el chiste verde en temas aparentemente serios, como en una correspondencia entre el general Prim y Amadeo de Saboya. 

JS: Bueno, creo que el chiste, como otros fenómenos populares del lenguaje, no está todo lo bien cuidado que podría estarlo. Y es un dispositivo poético increíble: concentra y descarga en muy pocas palabras y de maneras impredecibles una enorme cantidad de significado. Aun así, la mayoría de humor que puede haber en el libro no tiene nada que ver con chistes: creo que buena parte de los materiales, de los discursos, de las poses, del fraseo de los materiales que me interesan –el lenguaje legislativo, las proclamas, los pliegos de concursos, la crónica periodística…– son eminentemente ridículos y risibles. No hay que tocar ni alterar nada. El patetismo de nuestro proyecto nacional es suficientemente cómico sin tener que recurrir al cinismo ni al sarcasmo.

Creo que a veces los poetas pecamos no tanto de solemnes, que también, sino de aburridos. Yo no creo tampoco que consiga salir de ahí, pero sí que es cierto que el humor es algo esencial en la manera en la que concibo la escritura: si no me lo paso bien, ¡no escribo! Es algo bastante pueril. Pero en mi caso, así funciona.

TR: Personalmente considero que en determinados círculos sí que somos capaces de reírnos de nosotros mismos, pero desde luego no en literatura, o casi nunca. ¿Qué te parece a ti?

JS: Puede ser, aunque hay autoras y autores divertidísimos, así que no tengo mucho que decir. Sí que creo que la automofa es la primera forma de literatura; la primera manera –al reírnos de cada cual– en la que nos relativizamos como sujetos.  

TR: Por otro lado, también planteas una mirada a la historia, a la ingeniería civil o al flujo del agua desde un deseo homosexual. Una mirada del cuerpo amante, diría yo, que justo desde ahí encuentra una voz crítica.

JS: Sí. Para empezar, El siglo es un libro enamorado; el libro de un marica enamorado. Pero, por otro lado, también es el libro de un marica friki enamorado, y ese frikismo lleva a localizar las fuentes del amor en los rincones más sórdidos de este entramado material y simbólico de nuestra historia. Es algo un poco vano y muy poco profesional: siento que la historia, que nuestra historia, es capaz de explicar el amor que yo siento. Con lo bueno o con lo malo, creo que la construcción del sujeto marica, aunque sea como negatividad del mismo, es indisoluble a la construcción del ciudadano, ese hombre blanco y burgués, y a la construcción de la infraestructura física y simbólica que lo hizo posible. Sin viaductos, sin alcantarillas, sin ferrocarriles, no existiría este deseo homosexual que conocemos, que por desgracia tiene mucho de burgués, aunque sea como su sombra.   

TR: En el Prólogo de Unai Velasco se menciona a Álvaro Pombo como pionero de este trabajo lírico. ¿Se te ocurren más referentes?

JS: Claro. Estos juegos intertextuales con documentos o con lenguajes “arqueológicos” que tanto me gustan no son nada nuevo. Anne Carson, mismamente, trabaja desde ahí, y de qué manera. Héctor Viel Temperley, Muriel Rukeyser, Juan Gallego Benot o María Salgado me vienen también a la cabeza. Ninguna de estas personas diría que escriben desde la solemnidad o la retórica, pero sí que tienen la habilidad de tomarse muy en serio los temas que les interesan al mismo tiempo que son livianas, divertidas, generosas. Esa conjunción es muy especial.

TR: ¿Qué relación hay entre el lenguaje de un Real Decreto y la poesía?

JS: Creo que son lenguajes que aparentan autosuficiencia –una especie de “circuito cerrado” de imágenes, palabras y estructuras– cuando verdaderamente están desesperados, deseantes incluso, por establecer interlocución con todas las cosas del mundo. ¡Son tan tiernos! ¡Tan tristones!

TR: Con Escrituras geológicas, de Cristina Rivera Garza, uno aprende que la geología es una forma de justicia: levantar las capas históricas para que aflore lo enterrado. Allí se repite mucho la frase “Hay que escarbar”. Creo que en poemas como “El tercer depósito” haces un poco eso. El siglo está escrito a pico y pala. 

JS: Pero la geología tiene su trampa también. En el libro reaparece constantemente la idea de estratigrafía como esa capacidad de ver sincrónicamente todas las capas que componen la sección de un punto del suelo (o de una persona, o de una historia…). Creo, sin embargo, que esta mirada que penetra, que atraviesa, que ve todo de una vez y desentraña es un dispositivo de visión eminentemente burgués, muy científico y positivista. Es la misma mirada de un médico que trata de localizar a través del síntoma la enfermedad latente. ¿Hay que atravesar siempre las superficies, y hay que hacerlo siempre hasta el fondo? Quizás la cuestión no está tanto en levantar por levantar, sino en quién, dónde lo hace y por qué. Creo que, frente a crímenes del pasado, como el del Tercer Depósito, no podemos ofrecer únicamente la memoria como remedio: debemos cuestionar, incluso hoy, de quién sigue siendo esa memoria, y que nos permita alterar –criticar, ocupar, aturdir, me da igual– un juego de roles secularmente establecido.

TR: Entonces, ¿cómo hay que tomarse la historia de España? ¿Como la broma que es? ¿Con seriedad? ¿Con amor? ¿Con todo al mismo tiempo?

JS: ¡No sé si tengo respuesta! Quizás no hay que tomárnosla de ninguna manera. No todo tiene por qué aludirnos, y quizás este ejercicio de risa y vergüenza sea otra forma más de mantenernos ligados –de otras formas, quizás, pero da igual– a un proyecto nacional. No lo tengo claro.

TR: Y para terminar: ¿Cuándo acabará el siglo XIX?

JS: ¡Nunca!

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