Se posaba sobre mi cara, me besó. Su piel se sentía suave. Cálida, como mil hornos sobre las brasas del infierno. Su mirada lo asemejaba. No el infierno, sino las brasas. Era como observar brasas. Si la mirabas el tiempo suficiente algo en ti quemaba. Algo bueno. Volvió a besarme. La vida parecía estar bien así. Con ella.
De eso ya más de dos meses.
Al momento de despertar de aquel sueño desvié la mirada hacia mi perro. Recostado a mis pies. Ese hijo de puta tenía la santa bendición de no soñar con nada que le aqueje. No poder soñar. O quizás sí, no lo sé. Mi cabeza desfilaba sobre pavimentos ardientes. Las sábanas estaban empapadas.
—Bueno. ¿Quieres comer? —le pregunté a Roco.
Roco se reincorporó rápidamente y movió el rabo de forma frenética en señal de aprobación. Así que fuimos a la cocina. No había tenido tiempo de limpiarla. Los platos sucios se asomaban maliciosamente sobre el fregadero. Hechos una amalgama de mierda. La vista era deprimente.
Alcancé una taza y fui a llenarla de comida para perros. La bolsa estaba casi vacía y tenía varios agujeros parchados.
—Cómetelo todo —le dije a Roco mientras surtía su plato.
Me miró unos segundos. Quizás pensaba en lo desgraciado que era al tenerme a mí como su sustento. Luego se acercó a comer. Apenas masticaba. En eso sonó el teléfono. Número equivocado.
Me estaba sirviendo una copa cuando pasó; llamaron a la puerta. Esperé. A veces eso funcionaba. Pero quien estaba del otro lado no cedió. Como si supiera que me escondía, torturándome. La puerta endeble entonces se convirtió en mi homicida. Fui a abrir. Por razones que no comprendo se me cruzó por la mente de que se trataba de ella. Abrí.
Un representante de la iglesia de no sé qué.
—Buenas tardes, mi caballero —me saludó con un ademán extraño. Era un tipo muy alto. Me sacaba al menos una cabeza. Vestía camisa.
—Buenas —respondí.
—Espero no importunar ninguna de sus labores. Horario ocupado es el suyo, debo imaginar.
Sentí que sólo se burlaba de mí.
—¿Qué necesitas? —intenté cortar la conversación.
—Pues en verdad, he venido a preguntar qué es lo que usted necesita.
Pensé en bastantes cosas. Miré por detrás de su hombro al vecino del frente arrancando unas malezas muertas de su jardín. Luego recordé mi copa.
—Lo que necesito no está aquí fuera. Ven. Pasa —le dije, en un inexplicable arranque de hospitalidad. Consumado en la nada.
El tipo pareció extrañarse. Esperó unos instantes en el umbral. Miraba hacia dentro. Como estudiando el lugar para lograr detectar alguna discrepancia. Yo simplemente me di la vuelta y caminé de regreso a la cocina. Dejé la puerta abierta. Luego le sentí caminar detrás de mí. Aún vacilante, pero evocado de lleno en lo que probablemente era su curiosidad. Hablando por él. Roco le olfateó las piernas.
Una vez nos sentamos, le ofrecí echar un trago.
—Lo lamento, mi caballero —dijo con su serenidad recompuesta— No se me está permitido beber.
No le respondí. Solo bebí. A pesar de todo, su compañía se sentía como algo. Pues los días se estaban sintiendo demasiado. Cavilaba sobre eso mientras observaba el calendario pegado a la puerta. Marcaba septiembre del 2024. Eso fue hace un año.
Pasado un rato, volví a ofrecerle un trago. Se negó.
—¿Entonces de qué mierda me sirves? —le pregunté.
—Le recomiendo detenerse un momento.
—No vas a decirme algo así en mi casa. Sal de aquí. Sal. Fuera. Hijo de perra.
Noté el asombro en sus ojos. No sólo eso. El azul cristalino de su mirada parecía absorberme. Eran ojos tan fríos. Sentí una punzada en el pecho que me hizo toser. Él miraba. Miraba con aquellos orbes invernales y de alguna manera compasivos. Entonces se marchó sin decir ni una palabra.
Una vez cerró la puerta me invadió una congoja estúpida. Sujeté mi vaso fuertemente. Posicioné mi cabeza sobre él. Luego mis ojos. De pronto, lágrimas. Una cayó sobre el líquido y se mezcló al instante. Algo realmente fascinante.
Debí haber pasado un tiempo dormido sobre la mesa. Los gemidos de Roco me despertaron. La puerta, otra vez. Me aproximé. Sentí ganas de abrir. Lo hice. Mis ojos se encontraron inmediatamente con los suyos. Refulgían como siempre. La hice pasar. Nos sentamos.
Estuvimos unos minutos en silencio. Yo esquivaba su mirada. Luego habló.
—¿No vas a decir nada?
—No tengo mucho que decir —respondí.
—Pensé que querías verme.
—Ya no estoy tan seguro.
Se mantuvo en silencio.
—¿Qué esperas de mí? —pregunté.
—Nunca sé a lo que te refieres cuando dices eso —dijo, mientras sujetaba un cigarrillo recién encendido con una mano y con la otra acariciaba a Roco.
—¿Qué pretendes que haga? ¿Alguna huevada en específico? Eso es lo que no entiendo.
—Nada. No quiero que hagas nada.
—¿Entonces?
Se quedó en silencio. El humo acumulado en la habitación comenzó a distorsionar su rostro. Pálido. Nariz afilada como una cuchilla. Rasgos atractivos.
—Ya hablamos de esto —dijo.
—Pareciera que no.
—Te lo dije. Más veces que esta.
—¿El qué?
—No soy alguien a quien puedas tener románticamente.
Pensé en sus palabras. Si es que dolían, nunca lo sabría.
—Eso ya lo sé.
—¿Entonces qué te pasa?
Decidí no responder.
Me miró de forma severa. Luego percibí en ella lástima. O algo que se asemejaba a ello.
—Mira, creo que confundimos las cosas.
—¿Y quién no lo hace?
—Ya lo sé. Pero hablo de nosotros.
—¿Qué es “nosotros”?
—Eso no depende sólo de mí.
—Tampoco sólo de mí.
—Oye. No quiero que te vayas. Aún podemos vernos. Ya sabes. Es sólo que las cosas no serán como antes.
No me sentí apto para responder. Me entraron náuseas. Le ofrecí un trago. Aceptó. Le serví medio vaso y se lo bebió de golpe. Volví a estudiar sus facciones. Había anochecido y la cocina se transformó en lo único que existía. El perro dormía. Los vecinos dormían. Todos y cada uno de los corazones del mundo permanecían en la inconsciencia. Nos quedamos en silencio un tiempo más.
—Te quiero. ¿Sabes? —atinó a decir.
—Y yo a ti —le respondí. Nunca supe por qué.
—No debería verme involucrada más allá de eso. ¿Me entiendes?
—Yo tampoco.
Otro silencio. Conectábamos miradas. Como un gran puente urbano. Oxidado. Me puse en pie súbitamente. Me acerqué a ella. Pero nada ocurrió. A mitad de camino pensé en la futilidad de mis esfuerzos y volví a sentarme. De pronto, cerré los ojos.
—Me voy a la cama —dije.
—Yo tengo que irme.
—¿No quieres acompañarme?
No me respondió. Apagó el cigarro en el cenicero que le había proporcionado. En realidad, era un plato de té. Me miró. He ahí nuevamente las brasas del infierno. Lucían diferentes. O quizás simplemente ya no eran mis brasas.[1] Sentí el deseo de salir corriendo. Pero me eché otro trago a la tripa y desapareció. Aquello me dio fuerzas para intentar subir las escaleras. Ella me asistió. Llegamos a la habitación.
—Fue bueno verte —mencionó a modo de anestesia.
—Ya.
Me recosté sobre la cama deshecha. Roco estaba en la suya, en el primer piso. Me quité los zapatos y la camisa.
—Oye, Victoria —balbuceé.
—¿Sí?
Callé por unos segundos.
—Nada. Lo olvidé.
Victoria entonces se volvió y bajó las escaleras. Aunque realmente nunca escuché la puerta cerrarse. Me dormí solo para despertarme un par de horas después. Al sentir la cama moverse de un lado a otro. No era agresivo, pero bastaba para perturbar mi sueño. No sentí que debía abrir los ojos. Por lo que en ningún momento lo hice. La oscuridad tampoco me habría permitido identificar qué ocurría.
A la mañana siguiente volví a despertarme. Esta vez a causa del llanto de Roco. Estaba sentado sobre mi regazo. La cama estaba helada. Había una almohada en el suelo, casi en el umbral de la puerta. Es lo que el perro hacía para llamar mi atención. Me levanté para darle de comer. Mientras lo hacía recordé la forma en que lloraba hace un rato. Jamás lo había hecho tan lastimosamente.
