En mi casa, o la casa de mis padres, o la casa de mi infancia teníamos un cuadro del corazón de Jesús que se activaba con interruptor. Corazón encendido: estamos pidiendo algo muy importante. Corazón apagado: todo en orden. Teníamos unas hojas de sábila detrás de la puerta y una herradura en el primer escalón de la escalera. Y miniaturas de diferentes lugares del mundo que mis tías solteras traían de sus viajes magníficos. Pero no había nada que hablara de la abuela, ni de la bisabuela, ni del bisabuelo de quien mamá conservaba el apellido japonés. No teníamos butsudan ni encendíamos incienso para recordar a nuestros muertos. No comíamos onigiris ni tomábamos sopa de miso.
Comíamos tallarines verdes con bistec cuando había plata y tallarines verdes solitos cuando no. Tomábamos chicha y agua de manzana. Mi padre decía que la Coca Cola era imperialista así que, si había que comprar gaseosas, elegíamos la peruana Inca Kola.
Mis amigas nikkei tenían abuelas a las que llamaban obachan que les hablaban en japonés y alguna nos miró mal a las “peruanas”, a pesar de que ellas también lo eran.
En esas casas aprendí a leer un tipo muy especial de mirada, esa que te dice tú que chucha haces aquí.
Aprendí a leer las mesas en las casas. En otras casas ponían embutidos con nombres rarísimos como speck o nduja. O invitaban canchita y mote. O servían chicha de jora o chicha morada. Y había mesas nostálgicas con platitos heredados que solo se sacaban para ocasiones especiales. ¿Comer acaso no era especial?
Había casas con manteles bordados y otras con manteles de plástico. No existían aún los grandes almacenes en Lima y la ropa de mesa se dividía entre las que venían en maletas del extranjero y las que se compraban en el mercado de barrio.
En casa había manteles hechos a mano e Inca Kola, pero faltaban historias. La de mamá, entre ellas. La historia de ese apellido largo con varias kas, vedobles y haches ahí metidas. A mamá en la calle le decían chinita o a veces chinita rica, lo que me daba un ascazo. Mi mamá murmuraba bajito japonesjaponesasohuevon, apretando los dientes.
Fue hace no mucho cuando mamá empezó a contar la historia de ese apellido, o cómo ese apellido viajó desde Hiroshima hasta Perú. Mamá se está haciendo mayor y va abriendo las cajitas de los secretos familiares con esa soltura y aplomo que le dan los años. Una tarde, hace poquito nomás y mientras tomábamos el café de la tarde, mamá sacó las fotos de mi bisabuelo y señalándolo con su dedo marcado por la artrosis me dijo: “Se llamaba Kensuke Ichikawa. Era militar”.
De él solo tenía nombre y apellidos completos y lugar y fecha de nacimiento. Se sabe, decía mamá, que llegó junto con el señor Kawamura. También militar. Mamá hace énfasis en eso porque tiene el recuerdo del señor Kawamura saludando con una venia militar a su abuelo cuando se lo encontraba. Lo que nadie sabe-recuerda es por qué eligieron Vinzos para asentarse. Vinzos está en Ancash, justo encima de Lima, la capital. Yo iba de chiquita ahí y recuerdo a mamá y a mis tíos felices en lo que llamaban “su” tierra. Pienso que yo no puedo llamar mío a casi nada. Menos a un territorio.
Mamá va contando la historia y yo intento recordar el Vinzos que visité. Ahí estaba la bodega familiar, con gente yendo y viniendo, señores saliendo de chambear tomando gaseosas o cervecitas. Chibolitos. Muchos chibolitos. Un cementerio con una suerte de monolito con letras en japonés. Ninguno de los descendientes de Kensuke sabe qué dice ahí. Mamá nunca oyó hablar en japonés a su abuelo ni a su mamá. Recuerda el español entrecortado de él, sí. Pienso en Kensuke como un señor que intentaba arrancarse cualquier marca de origen, como quien intenta despegar una etiqueta bien adherida. Mamá cuenta que Kensuke adoptó el nombre peruano de Gabino. Que se casó con una señora peruana que se murió jovencita dejándolo viudo y con dos niños que cuidar: Emilia y Kenchi. Emilia creció y tuvo siete hijos con don Liberio, un hombre serio que imponía disciplina entre sus críos. Mamá, que también se llama Emilia, recuerda ese día de agosto en que fue a pasarle la voz a su abuelito Kensuke para que vaya a almorzar. Kensuke estaba durmiendo en su mecedora arrullado por el rico sol de Vinzos. Emilia se le acercó, le dijo que la comida ya estaba lista, pero el abuelo no respondió. Estaba muerto. Fue entonces que Emilia, con solo 13 añitos, decidió ser enfermera. “Si mi abuelo hubiese tenido alguien al lado que lo cuidara, no se hubiera muerto solito bajo el sol”. Mi madre recordó al doctor que, minutos después, confirmaba la muerte de Kensuke. “Nunca había visto llorar así a mi mami. Pobrecita.”, me dijo.
Nos quedamos en silencio.
El café hace rato frío en la mesa.
Imaginé a mi mamá asustada y a mi abuela llorando, a los vecinos asomándose para ver qué sucedía en la casa de los Velarde Ichikawa y el sol de Vinzos, como siempre, calentándolo todo. Vi a los trabajadores de la funeraria del pueblo recibiendo un extraño encargo de un monolito con letras en un idioma desconocido.
