El día que conocí a Ceres, Palas, Juno y Vesta. Cuatro cuerpos celestes descubiertos entre 1801 y 1807 que llevan en su nombre a potentes arquetipos femeninos, borrados.
Es tarde y me fumo un cigarro en mi terraza estrecha, desde donde miro la calle ruidosa. Me gusta mi sexto piso. Suficientemente alto para pasar inadvertida entre los cabizbajos transeúntes. En mis tardes de ocio me gusta salir, fumar y ver TikTok o YouTube. No tengo mucho que hacer. Salí del trabajo temprano. Me paseo por videos y en uno de ellos, oigo algo que me despierta. Es el video de una chica que sigo hace tiempo y que habla sobre astrología y de muchas maneras me parece una libre pensadora. Y feminista. La gringa cachetona, de pelo corto y decolorado cuenta una historia: entre 1801 y 1807 cuatro planetas —que ahora son considerados los asteroides más grandes, visibles y brillantes, del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter— fueron descubiertos y nombrados como cuatro diosas. Ceres, Palas, Juno y Vesta.
Cuatro mujeres: la madre, la guerrera intelectual, la esposa y la sacerdotisa.
Me envolví por completo en ello. Necesitaba saber más. ¿Qué representan estas figuras? ¿En qué contexto las encontraron? La madre, la guerrera intelectual, la esposa y la sacerdotisa. Algo se movió en mi estómago. ¿La madre? ¿La esposa? ¡Pero estos arquetipos están embarrados de misoginia! No queremos ser la madre. ¿La guerrera intelectual? Sin duda, pero jamás la esposa y menos la sacerdotisa. ¿Qué es esto?
Me recuerdo entonces, como buena mujer que soy, que todo ha sido construido. (Por ellos). Incluso el odio que guardamos contra nosotras mismas.
Necesitaba entender más, mejor. Me hago otro cigarro y lento, descubro algo entre mis ideas. Con la lenta desaparición de estos arquetipos como fuerzas universales, se nos ha negado a todos los seres humanos de algo vital: la fuerza que descansa sobre el nombre femenino de las cosas.
La astrologa hablaba de reclamar estas fuerzas. Los cuatro planetas habían recibido nombres de diosas del panteón grecolatino. Ceres (o Deméter), que representa la intensa fuerza movilizadora de la madre. De aquella madre que pierde a su hija (Perséfone) y que con su dolor concibe el invierno. Palas (o Atenea) que nació de la frente de su padre, Zeus. Ella la estrategia intuitiva, un poder de guerra intelectual que ni siquiera Ares pudo derrotar en la batalla. Juno (o Hera), es nuestro poder de vincularnos profunda y placenteramente con otra alma. Es el compromiso sagrado de quien ama. Vesta (o Hestia) es la llama sagrada, esa que nunca se apaga dentro de nosotros por mucho que sople el viento. Esa llama que cuida Vesta, tiene por nombre devoción.
La información era fascinante. Entre los años 1801 y 1860 esos asteroides fueron oficialmente planetas del sistema solar. Tenían símbolos planetarios propios, aparecían en los libros de astronomía y en las efemérides, y lo más particular, es que se habían descubierto gracias a una confusión, una ley matemática que nunca existió, pero que permitió darle nombre a estas cuatro fuerzas azules sobre nosotros.
La cosa va así. En 1766, el físico alemán Johann Daniel Titius, profesor en la Universidad de Wittenberg, insertó una nota en su traducción de una obra del naturalista Charles Bonnet. En esa nota describía un patrón numérico en las distancias de los planetas al Sol (2.8 UA). Pero, para su extrañeza, el patrón se rompía entre Marte y Júpiter.
Esta anomalía fue ignorada por mucho tiempo, hasta que se descubrió Urano en 1781.
La distancia de Urano con Júpiter confirmaba la distancia de 2.8 UA, lo que convirtió la ley Titius-Bode (impuesta lentamente a través de los años, por el supuesto descubrimiento de Titius y otro matemático, Bode) en una curiosidad matemática con imperativo científico.
En 1800, el barón Franz Xaver von Zach organizó la Himmelspolizei — la “Policía Celeste” — un consorcio de 24 astrónomos europeos que se dividieron el zodiaco en 24 franjas de 15° cada una, para rastrear sistemáticamente la zona entre Marte y Júpiter. O sea, 24 astrónomos coordinados alrededor del mundo se volvieron locos buscando el llamado “planeta perdido”.
Los responsables de encontrarlas fueron unos tal Giuseppe, Heinrich y Karl.
En su descubrimiento, Ceres, Palas, Juno y Vesta fueron las más brillantes, las que conformarían más del 50% del volumen de los miles de asteroides descubiertos siglos después, solo con ayuda de la tecnología.
Los cigarros llenaban mi cenicero con forma de cara. Una boca llena de colillas, glotona. Y en mi mente, la existencia de Ceres, Palas, Juno y Vesta habían convertido en un statement. Hablaban de partes de nuestra psiquis que están ahí, latiendo, pero tapadas en piedra. Son arquetipos, nos ofrecen piezas clave.
Conocer esas estrellas, obras de arte completadas por el significado, nos permite nombrar en nosotros el poder de la energía femenina. Del Yin. Del animal intuitivo y salvaje. El pozo profundo y transformador por el que cayó Alicia. La única llave que abre el portal entre la vida y la muerte.
Pero su relevancia entre los arquetipos desde los que escribimos, creamos, leemos y hablamos se fue perdiendo, poco a poco, con el tiempo. Hecho a propósito… o no.
¿Cómo comprobar que fue a postas? No puedo. Pero, seguí informándome, mientras comía mentitas de sandía cero azúcar, y descubrí, gracias a mi herramienta favorita, Internet y mi posibilidad de unir dos más dos que este descubrimiento astronómico (1801–1807) ocurría simultáneamente a otro histórico momento en el que la mujer estaba siendo ferozmente oprimida.
Doce años antes, en 1789, la Revolución Francesa había proclamado que todos los seres humanos nacían libres e iguales. Pero, como siempre, las mujeres fueron exiliadas del terreno de lo que les pertenece. No podían ser miembros de la Asamblea Nacional — solo podían asistir como oyentes — y estaban excluidas de las declaraciones de derechos.
Pero, donde hay luz, hay oscuridad y por más que las mujeres hayan quedado inicialmente excluidas del proyecto igualitario, la exigencia de universalidad propia de la razón ilustrada permitió cuestionar y denunciar sus abusos patriarcales. Olympe de Gouges, dramaturga y filósofa francesa escribió en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y la ciudadana, donde reescribió la famosa Declaración revolucionaria artículo por artículo incluyendo a las mujeres. Mary Wollstonecraft, por otro lado, filósofa inglesa, publicaba en 1792 su Vindicación de los Derechos de la Mujer. En él argumenta que las mujeres no eran por naturaleza inferiores al hombre, sino que parecían serlo porque no recibían la misma educación. La tesis central era fuego: la inferioridad femenina es fabricada por el patriarcado.
Pero el monstruo pisa fuerte.
Olympe fue guillotinada en 1793 por el gobierno de Robespierre.
Y el mismo año en que Juno — la diosa del matrimonio y el amor — era descubierta (1804), Napoleón promulgaba el Código Civil francés, que planteaba el matrimonio como un contrato en el que la mujer estaba obligada a obedecer a su marido. Estupidez que se extendió rápidamente por toda la Europa, dejando huella en los sistemas legales durante más de un siglo.
¿Cómo es posible? ¿Siempre lo mismo?
Despierto de mi inmersión profunda entre páginas y sitios web, videos y más videos. Entro a mi piso y anoto la idea rápidamente en el post-it amarillo superior, que siempre tengo sobre el escritorio, lo saco y pego en la pared. Transmitir la información, dejarlos entrar en mi cueva de ratón.
Pasan días y días. Hace mucho que no logro concentrarme como quisiera. La idea sigue pegada en mi pared. Leo un poco más. Re visito los videos. Me pregunto si podré escribirlo como quisiera. Algo bueno, algo que la gente quiera leer.
A veces es difícil nombrar las cosas.
Es sábado. Algo me duele, no tengo palabras, así que salgo a fumar un cigarro en mi terraza, por donde veo pasar las motos ruidosas. El cielo está rosado y la luna frente a mí, casi completamente redonda. Ha pasado un mes desde que pegué el post-it. Lo leo al entrar, lo despego y lo llevo al basurero. Pienso que no importa el nombre que tengan. Si son planetas o no. Si un asteroide es más o menos importante, o si debemos reclamar el título de vuelta. Nada de eso importa porque están ahí y ahora yo lo sé.
Entro, abro el computador, y escribo.


