(Recuerdo)

Ahora que aprieta el frío, la pregunta se hace inevitable. ¿Acaso fue la decisión más adecuada para las morosas y sofocantes jornadas veraniegas de 2025? El austriaco ya figuraba entre mis escritores favoritos, pero el hecho de que quedasen títulos por leer o la necesidad de una relectura de los anteriores, reanudó el interés por avanzar entre las sinuosidades de su prosa.

¿Era el autor indicado? Efectivamente y no, si la contradicción lo permite. Como asiduo y medianamente conocedor de su universo y tono y obsesiones, no iba a procurarme más que placer y asombro, como a cualquiera le sucedería con su autor predilecto. Sin embargo, la contrariedad de su helador raciocinio, de sus opiniones contra todo y todos y, la marca de la casa, el seguir sus párrafos inacabables, no hacían en conjunto una suma de méritos para que ocupase los ratos veraniegos que, por costumbre y golpe de clickbait ajeno, suelen pedir libros más templados, más sencillos y algunos más simples, para quien así los buscara y necesitase. A veces, también, más largos y más huecos, como son pruebas de ello los ingentes volúmenes de las novelas de género fantástico, de misterio, de aventuras. Desde luego, no eran días adecuados para uno de los suyos, la mayoría de ciento cincuenta o doscientas páginas, exceptuando otros, pero densos como el betún, al menos en su inicial apariencia. Luego también, pero si enganchan, el esfuerzo que requieren de entrada este tipo de escrituras es completado y recompensado.

He mencionado la casualidad, pero dos fueron los motivos que realmente incitaron la venida de los libros de Thomas Bernhard a la mesilla de lecturas. El primero, la publicación el mes de abril de su novela corta Andar, en traducción de Virginia Maza gracias a la editorial Contraseña. Era esperada, al menos para uno, pues recuerdo que en las redes sociales de la editorial se anunció la compra de sus derechos hace tres años, aproximadamente. Editada originalmente en 1971, para un lector de Bernhard, Andar no trae novedades pero sí la aglutinación de sus temas: la opresión de la sociedad —él consideraba las ciudades de su país como ‘enfermedades mortales’, refiriéndose concretamente a Salzburgo—, la desatención y el aniquilamiento que el estado lleva a cabo con toda mente insigne o mínimamente ilustre —algo que tampoco ha cambiado mucho, si se piensa detenidamente—, la locura y su análisis desde la verborrea y la repetición sintáctica, el colapso de la identidad que desemboca en suicidio. Sin duda, un cóctel nada fiable para la alegría desaforada y la tranquilidad que se buscan con el termómetro por encima de los treinta grados. Pero la novela, desde la concreción de su título, ya pone en común dos partes que parecen irreconciliables y coinciden en el planteamiento de su historia.

En la conversación que mantienen el protagonista sin nombre y Oehler, este le cuenta sobre su amigo Karrer, con quien solía realizar dichos paseos, calles arriba y calles abajo incansablemente, pero ya no desde el internamiento de Karrer en el sanatorio de Steinhof, por una anécdota en una tienda de pantalones que dio pie a su irremediable declive mental. En ciento veinte páginas, la sucesión de lo referido en el párrafo anterior. Pero escapa el detalle que aúna esta novela corta con otras tantas de tradición europea y que revelan esa práctica tan saludable: la que entrelaza la inteligencia propia con el paseo, la de que el movimiento determina y ejercita las capacidades, incluso azuzando el talento creativo. Se dice hacia el final:

Por otra parte, andar y pensar son dos conceptos en todo iguales y podemos decir (y afirmar) sin más que quien anda y, por tanto, también anda con excelencia piensa también con excelencia, al igual que quien piensa y, por tanto, piensa también con excelencia también anda con excelencia. Si observamos con atención a uno que anda, también sabemos cómo piensa. Si observamos con atención a uno que piensa, también sabemos cómo anda. Si observamos durante mucho tiempo y con suma atención a uno que anda, poco a poco llegamos a conocer su pensamiento, la estructura de su pensar, al igual que, si observamos durante mucho tiempo a una persona en su forma de pensar, poco a poco llegamos a saber cómo anda. Así que observa durante mucho tiempo a uno que piensa y luego observa cómo anda, y, a la inversa, observa durante mucho tiempo a uno que anda y luego observa cómo piensa. Nada es más revelador que ver andar a uno que piensa, al igual que nada es más revelador que ver pensando a uno que anda, por lo que podemos decir sin más que vemos cómo piensa el que anda, al igual que podemos decir que vemos cómo anda el que piensa, porque vemos andar al que piensa y, a la inversa, vemos pensar al que anda, etcétera, dice Oehler. Andar y pensar están en una incesante relación de intimidad recíproca, dice Oehler. En el fondo, la ciencia de andar y la ciencia del pensar son una única ciencia.

Salvado el escollo de la endiablada forma de narrar de Bernhard, ahí queda demostrada la nitidez de su reflexión. En las muchas horas de luz de las tardes veraniegas es cuando mejor se puede poner en práctica. Echarse al camino, el que sea y en el escenario que se prefiera, para probarnos que, del mismo modo que con la literatura de Bernhard, aquello que resulta una dificultad no lo es tanto si uno se atreve al esfuerzo de pensarlo hasta que se revele con su conocimiento deshojado, con más cuestión y práctica que adorno.

El segundo motivo tuvo más de casualidad, pero igualmente estimuló para que uno se convenciera de seguir sabiendo. Fueron un cúmulo de publicaciones entre dos redes sociales. Por un lado, en Twitter o X, el tuit lanzado por parte de un usuario a que otros se animasen y comentaran cuál era la mejor novela que habían leído de él, junto a otros que, por su cuenta, valga la redundancia, iban detallando el placer que les estaba suponiendo la relectura de grandes entre las suyas, como son Corrección, El malogrado o Maestros antiguos. Por otro lado, en Instagram, la aparición de fragmentos de su entrevista Drei Tage, ‘Tres días’, dirigida por Ferry Radax en 1970. Es uno de los mejores documentos audiovisuales que se conservan de su persona y figura literaria, por la calidad del propio filme, que está disponible en YouTube con subtítulos, como por la intensidad de sus explicaciones en las claves de sus motivos e inspiraciones.

Aprovechando el ánimo infundido, decidí leer una novela que fue un regalo de hace varias Navidades, de esas que pueden esperar sine die más por descuido que por imposición de espera. De ella había oído hablar por los problemas que le causó. Publicada en 1984, Tala es uno de los libros más profundos y lacerantes que se han hecho jamás respecto a la crítica de los cotarros culturales en las ciudades, en este caso, el de la Viena de los años ochenta. Una vez más, algo que tampoco ha cambiado mucho, si se piensa detenidamente. En su edición de bolsillo de Alianza, con la traducción de Miguel Sáenz, a quien debemos la traducción de la totalidad de su obra y una biografía, editada en Siruela, que merecería su reedición, uno no puede intuir que, tras esa cubierta que muestra un sillón orejero con mil ojos clavados, se despliegue un soliloquio —todas las obras de Bernhard lo son— que arramble con todos los estados exhibidos por quienes se creen representar y hacer más jugosas las vetas de la cultura de su país.

De nuevo un narrador innominado, pero en esta ocasión más fácilmente reconocible como trasunto del propio Bernhard, que es invitado por unos antiguos y esquivados amigos, un matrimonio burgués, a una cena en su apartamento en honor a un actor, de quien esperan su llegada una vez finalice la representación. Será el reencuentro con su pasado de aspirante a escritor y las mezclas sociales, vampíricas, que se dieron cuando, silenciosamente, se establecieron los roles de amo y siervo, de admirado y admirador, de estrella rutilante y de lacra arribista. Será también la asunción de que no hay salida posible una vez se ha entrado en ese mundo:

Siempre se lo he fingido todo, me decía. Sólo se lo he fingido siempre todo a todos, durante toda mi vida sólo he fingido y representado, me decía en mi sillón de orejas, no vivo una vida real, una vida verdadera, sólo vivo y existo una vida fingida, sólo he tenido siempre una vida fingida, nunca una vida real, verdadera, me decía, y llevé esa idea tan lejos que, finalmente, me creí esa idea. Respiré profundamente y me dije, y por cierto de forma que las gentes de la sala de música tuvieron que oírlo, sólo has vivido una vida fingida, no verdadera, sólo una existencia fingida, no real, todo lo que a ti se refiere y todo lo que eres ha sido siempre sólo algo fingido, no real ni verdadero.

Inolvidable y remarcable, Tala se sitúa por encima de otras más recordadas, me atrevo a decir. Con lecturas así, qué duda cabe, uno no se dio tregua ni en vacaciones. El verano es siempre el mismo, lo pensemos desde el invierno o desde cualquier otra estación. Llega, ilusiona con sus espejismos y después pasa. ¿Uno dónde queda, entonces? ‘Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acabo por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer’, respondió Bernhard en una entrevista de 1987, dos años antes de su muerte.

Sus libros aumentan lo demoledor de pensar los actos de nuestra existencia, pero eso no es sino una de las miles de formas que adquiere el carácter de quien se entrega a la vida tal y como es, radiante y desesperada.

Enero de 2026, en Madrid.

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