Acerca de Colima (Overol, 2024), de Manuel Boher


Hacen dinero fácil con mi tierra

cada verano.

Frank Stanford

A fines del año 2024, se dio a conocer que brainrot fue elegida como la palabra de por la temporada por la Universidad de Oxford, siendo definida como el deterioro del estado mental o intelectual de una persona, especialmente a causa del consumo excesivo de contenido en línea de baja calidad o poco estimulante. La palabra fue usada por primera vez en Walden  —uno de los libros insignes del escritor estadounidense Henry D. Thoreau— para referir la podredumbre mental de la sociedad inglesa mediante la comparación con la papa inútil de la cosecha.

Actualmente, el concepto vive en las comunidades virtuales para referir al contenido poco nutritivo y carente de sentido —o, quizás, significado— que circula en las diversas redes. Esta experiencia existe en escalas cada vez más grandes, lo cual pareciera haber degradado las facultades de contemplación de todos nosotros.

Scroll tras scroll, reel tras reel, horas y horas en una repetición absurda, mientras los árboles del bosque parecen cada vez más lejanos de Thoreau, aunque sea tan fácil verlos al apartar un poco la vista de la pantalla: como salir a comprar cigarros, hablar un poco con el panadero de la esquina o hacer el amor entre las murras.

En Colima (Overol, 2024), de Manuel Boher, pareciese haber un brainrot dirigido hacia otros campos. Es un poema largo que luego se fragmenta en otros gestos, caracterizaciones, hitos léxicos. Es un texto que pareciese de viaje e introspección al unísono: recuerdo, sensación y futuro se van hilando en una disparatada mezcla verbal que incluye referencias del trap, palabras sacadas del Manual de Carreño, recetas gastronómicas, declaraciones cursis, lugares lejanos y a la palma de la mano en simples caminatas sobre cardos, porque al parecer «algunas cosas funcionan así, por ejemplo: el burro cree la leyenda del camino en el que anda, y por estas clases de asas se toman estas imágenes cuando están recién servidas» (p. 57).

Colima parece ser una suma de imágenes tras imágenes —parecido a un reel de Instagram— con su debida habilidad de expresarlas, que se van sacando como humitas en la Vega, hamburguesas de un Automac o el azadón de un labriego.

Hay versos de una lucidez exquisita, aciertos totales, como hacer girar un trompo, ganar en el póker o comer un par de guindas en una tarde de verano. Pero entre giros y victorias, en el dulce de los excesos, siempre hay un gusano entre la fruta que en su silencio nos observa perder: «Y no importa, el alma tiene muchos hoyos y bien que de la noche a la mañana pueda florecer una historia como si fuera escrita con los rábanos o con cebollas».Y ahí está la esencia de este libro, en su composición: un tutifruti de palabras, una macedonia verbal o simplemente un brainrot poético: darle al clavo en un galpón patronal lleno de vigas podridas.

Mediante la saturación de versos —como maíz sobre los campos— se logra conseguir un poco de pan, o a lo menos, una levadura para lograr fermentar nuevas fronteras literarias. Gracias al exceso de versos e imágenes —similar al del contenido virtual— se pierde el significado de las rutas que traza, cayendo a veces en el peligro de la autorreflexión: «Hay que ser el regalón de o tener de regalón a, proporcionar maneras de moderarse en lo sucesivo, y estar aquí, negar la historia oscureciendo la posibilidad de sus detalles» (p. 94).

Colima es un libro disfrutable, para leer a saltitos, para buscar pequeñas entrelíneas que nos hagan sentido, para leer con detención saltándose anuncios innecesarios, que aparecen tal como en un video de YouTube.

Hay sensibilidad poética, una sobre estetización que muestra el hábito material de lo que enuncia. El sujeto, más que intervenir, solo posa la mirada, quizás eso es lo necesario, la temporada de cosecha pasa y tarde o temprano las guindas caerán:  A este poeta pareciese darle lo mismo hacerlas mermelada.

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