–en memoria de G.C.–

No se tienen muchos maestros en la vida, si es que se tiene alguno. Germán fue el mío, y sin duda, el de tantxs otrxs. Porque cada poética importante es una escuela, una iglesia, y eso era Germán Carrasco, además de un poeta descomunal, un monje de mirada extraviada que con un ojo leía poesía y con el otro, prosa.

                  Lo conocí por casualidad, así como se descubre un continente, después de piratear sus libros hace más de 10 años. Me había ido de viaje durante una larga temporada y retorné a punto muerto, queriendo comenzar de nuevo no sé qué cosa; la vida, imagino. Leerlo fue llegar hasta un montón de ropas nuevas, secas, limpias. Por esos años recién comenzaba a andar la editorial en que trabajaba, un proyecto que no lograba ponerse en pie y que pudo iniciar su camino gracias a todo lo que reverberó de ese encuentro.

                  Partí leyendo Multicancha, luego Ruda, La insidia del sol sobre las cosas –qué título hermoso– después Calas, y todo lo que había publicado hasta la fecha en diarios y revistas. Decidí hacer una antología con su obra. Me enteré de que una multinacional preparaba a la vez su propia antología, e imaginé una batalla a muerte. Me puse en tarea y conseguí Brindis (1994), su primera publicación que, hasta donde me contó luego, hizo lo posible por borrar.

                  Para entonces, Germán escribía crónicas en el diario The Clinic, y tituló una de ellas así: No capitalicemos nuestro anticapitalismo. Estaba dirigida a quienes se arrojaron la representatividad del movimiento estudiantil del 2011 y que años después encarnarían el rostro de una nueva decepción política. Se enteró del pirateo y, molesto, me escribió al Facebook pidiendo explicaciones. Se las di en un mail que titulé igual: No capitalicemos nuestro anticapitalismo. Lo que vino luego fue invitación gratuita a sus talleres y una especie de amistad que solía reglamentar diciendo: “mis discípulos son mis maestros”.

                  Su modo de trabajo promovía una ética que me parece una forma hermosa de la virtud. No al malditismo. No al reventón; para otros el whisky, los jales y la noche. Él prefería la energía diurna, caminar largo, jardinear, hacer deporte, beber agua y cerveza. Sé que esto vino con el tiempo, después de sus cuarenta, cuando su faceta más beligerante se había ido aplacando con los años. Otra fortuna, conocerlo en esa etapa. De alguna gente escuché, “A ti te tocó el Germán hippie”. Yo diría el Germán sabio, oriental.

                  En sus talleres pedía semanalmente ejercicios de métrica, repetía con obsesión de manual: “Muchachos, entiendan el negocio, escribir en métrica es más fácil que escribir en verso libre”. Llevaba copias de la tabla deendecasílabos de Eduardo de la Barra Lastarriay daba ejercicios. Todo en verso blanco, nada de rimas. “Hoy vamos a escribir un heroico puro acentuado en las sílabas dos, seis, y diez”. “Mañana traigan un sáfico pleno. La semana que sigue un melódico corto”. “Quiero endecasílabos y solo endecasílabos”. “Escriban en once, muchachos, décimas no, son de huaso adinerado o de milico”. “Catorce tampoco, eso es de chunchos”. “Endecas por el amor de cristo, endecas”. “Los quiero a todos haciendo flexiones”. Era alta su manía.

                  Cuando se presentaban los ejercicios en taller, solía ir contando las silabas mientras golpeaba su pecho con los dedos de su mano derecha. Aplaudía el encabalgamiento y rechazaba de cuajo todo tipo de rima, involuntaria o deliberada. Se esforzaba por hacer ver el oficio que pervive detrás del fenómeno de la creación. Luego, a podar lo poemas, cortar el árbol hasta dejarlo temblando, pero vivo. Si había un verso bueno, lo rescataba del polvo y te lo devolvía como una señal para seguir desde ahí, un camino por el cual continuar. Amaba lo que hacía y lo honraba con trabajo.

                  Despiojar el lenguaje y sacarse los ácaros del alma hasta dejar la hoja hecha un hervidero eran las tareas que internamente se imponía.  

                  Su persona fue compleja siempre, pero cuidarse durante el último tiempo generó en él un clima interior amable, placentero, con cambios de ciclo y estaciones, claro, como todo lo que vive. Era aristocrático y orgullosamente poblacional, lumpenesco y exquisito. Le encantaba comer en la Vega, comprar avena y té negro en locales que conocía, y en el que lo conocían. Disfrutaba de la ópera mas no del teatro, disciplina con la que no se pudo amistar jamás. Solía decir que lo encontraba estridente y que las cosas importantes se dicen en voz baja, como el susurro de los amantes, o los secretos, o el hablar de los ladrones previo a la acción.

                  Pedía voz baja y trataba de hacer una poesía sin épica. Aunque siempre dudé de esto, ya que sus geografías eran vastas, la montaña, por ejemplo, y con Clavados cultivó una cierta poesía olímpica que aplaudía el heroísmo de algún personaje indeterminado. Amaba la natura tanto como la ciudad, y fue capaz de ir dibujando una fisonomía poética de ese espacio que supo transitar a pie, siempre a pie. “Yo soy un peatón”, repetía orgulloso después de ir desde Independencia hasta el Estadio Nacional caminando.

                  Un día le pregunté como apareció la poesía en su vida. Comentó una clase híbrida que tuvo en el liceo Gabriela Mistral, Castellano y Ciencias Naturales. Le tocó ver una mosca a través de un microscopio y luego escribir una composición. En ese minuto nació su primer poema que un profesor supo reconocer para luego advertir a su familia.

                  Las cosas fueron esenciales para él, el mundo material. quiero decir. También así la traducción.  La poesía objetivista de Oppen, Zukofsky y Reznikoff, o los ingleses W. H. Auden y Philip Larkin. Presentó en Chile a Robert Creely y escribió un hermoso prólogo hablando sobre ciertas coincidencias que los emparentaban: problemas oculares, geminianos ambos, temperamento fuerte, pero poemas delicados. La poesía gringa fue su estrella polar y buscó ahí, tal como Gonzalo Millán. En algún punto, siempre sentí que Germán vibraba entre los Gonzalos de la poesía chilena, por un lado, Rojas con su manejo del yambo y la prosodia, por el otro Millán con su imaginario. La poesía de Carrasco no tendría lugar ni objeto si no es gracias al material que sus ojos percibían. La vista fue un sentido que, particularmente en su trabajo, tuvo mayor relevancia que el oído. Cosa bastante lógica si consideramos que la fisonomía del rayo y el destello del relámpago siempre se perciben antes que el trueno. La luz viaja un millón de veces más rápido que el sonido, la vista precede al oído y ese anticipo de la energía que emiten los cuerpos se repitió en la percepción del mundo que él poetizaba.

                  En Resurrección y saqueo, su último poemario publicado en vida, ya empezaba a pensar en la muerte y consideró estos signos, el saqueo y la resurrección, como dos modos de relacionarse con el tiempo, dos mecanismos que se presentan en esos poemas enlazados por una dialéctica íntima con la que se alude a un ciclo de viajes, de muerte y reencarnaciones de palabras, cambios en los significados y símbolos. Versos que reflexionan sobre cómo opera el tiempo en la materia y el sentido de las cosas, pero también el modo en que la época se entromete en el lenguaje.

                  Una pulmonía sufrida hace pocos meses lo dejó debilitado y su maltrecha economía era un blues que cantaba de manera recurrente con amigos. Su repentina y pronta partida tiene mucho que ver con esto.

                  Germán: fuiste un milagro en las calles de tu población, conquistaste una forma y quedarás inscrito en la literatura, en la tradición, esa misma que desordenaste y con que reñiste tanto. Tus poemas, tu obra, ya son parte del circulante y de quienes son imantados por la palabra, como tú lo fuiste por la imagen y el lenguaje, y desafortunadamente, estos días por la muerte.

Germán Carrasco ha muerto, Viva Germán Carrasco.

Daily Mirror (de Brindis 1994)

Abordando el espejo en la mañana

con el cuidado habitual, y los nervios

de un padre -yo mismo- ante la espera

de un recién nacido: yo mismo, cada día

acontenció que en vez de ver mi rostro

vi una rosa de violento papel blanco.

al comprender de inmediato que se trataba de la

muerte

me lancé sin más hacia el espejo

automatizado por mi entrenamiento romántico de años: beso y puñetazo

miedo y solución

                                    (________________!)

Quiebre de espejo. puño sangrante.

Los paréntesis son para la onomatopeya que no encontré

en un par de lenguas del tronco indoeuropeo

(el sonido del espejo es diferente al de cualquier otro vidrio que se quiebra).

Desde ese momento hubo siete años de suerte rara

llenos de succiones y de teclas

soles, lunas pájaros, animales:

elefantes y otros mamíferos

a los que se les ocurría morir mientras yo los montaba

parroquias empresas lenocinios

de arquitectura y ambiente extraño

Cuando esos siete años terminaron escribí esto

la noche de un día en que no me miré al espejo

Aún no me atrevo

problemas he tenido al afeitarme

gracias a Dios tengo una Rita que me peina

de mis ojeras me doy cuenta

por la cara de la gente.

El recreo (de Mantras de remos, 2015)

Este cansancio tendrá fin un día

y con él la inundación de fotocopias,

computadores que no funcionan,

el programa de la vida que cada tanto

cambia su versión.

Se acabarán las parejas que duran

cuatro años, un año, tres meses,

y también las que duran una noche.

Se acabará el ejercicio

de sublimar la queja en melodías

susurradas al subir la montaña.

Cesará la brisa sobre las delgadas

y exclusivas flores de altura, nieve y roca;

saldrán de cuadro los pumas con su vida

de perseguidos.

En fin. Fin de items varios:

restaurantes peruanos que usábamos

como refugio, el vino,

la virgen del San Cristóbal,

el deporte, las conversaciones

con gente que nunca trató

su evidente depresión,

el pánico a las enfermedades y a la idea

de poner el pie en un hospital

durante media hora,

el cuidado del cuerpo con diversas disciplinas

y la destrucción del corazón con la misma

cuchilla mellada de siempre,

una vida entera durmiendo en sofás,

la enorme dificultad de preparar

el desayuno

toda sonrisa preciada, toda voz

de vino y terciopelo. Toda toxina,

de fantasma, toda sombra.

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