—¿Qué es esto? —La bruja inclina la cabeza para mirar las monedas con un gesto de asco. Acerca la cara a su mano y me da la sensación de que es un ratón olfateando un queso. El turbante negro se le va para un lado y veo cómo un manojo de pelos trinchudos se escapa por su frente. Imagino que, bajo su túnica oscura y pesada, su cuerpo está repleto de pelos.
Nos clava sus ojos oscuros con indignación y siento una punzada en la cabeza. Aunque es pequeña, irradia una fuerza de otro mundo y temo que se me meta debajo de la piel. Quiero creer que la reja oxidada que nos separa es suficiente para contener sus poderes mágicos.
Alba le había aventado las monedas a través de uno de los agujeros de la reja. Por más que insistió en que a ella ninguna bruja le daba miedo, cuando la tuvo al frente, no se atrevió a rozarle la mano. Lanzó el dinero como si el contacto fuera capaz de contagiarla de un virus o algo así.
De lejos, parecía no tener ningún pelo de sobra. Mientras se acercó con agilidad entre los matorrales y los árboles viejísimos del bosque, Valeria preguntó, lo obvio:
— ¿Y los pelos?—
Pero cuando la tuvimos enfrente, descubrimos que tenía mechones negros que se desbordaban de sus orejas, canas clavadas en el mentón y cejas espesas que casi se unían sobre los ojos. Supuse que esos eran los pelos que le habían dado ese nombre. Como era de esperar, Félix había exagerado. El vigilante de la caseta de seguridad del internado siempre inventaba planes raros para sacarnos dinero. Era un tramposo, sí, pero también nuestro mejor aliado, porque era nuestro único contacto con el mundo exterior. Nos vendía chicles, chocolates y cigarros al precio que quería.
—Con esta miseria, no hago nada —la bruja se queja y extiende su mano para regresar nuestras monedas.
Ninguna de las tres se atreve a tomarlas porque queremos que nos lea el futuro. Yo fantaseaba con casarme. Creo que era la salida más rápida del internado que podía imaginar. Alba decía que tenía suficientes amantes y que preguntaría cuándo se mudaría a Australia.
Valeria solo nos confesó, muy en corto y sin necesidad de dar más explicaciones, que quería saber dónde estaba su mamá. Había desaparecido el año pasado. De un día para otro. Sin dejar cartas ni señales. Mi mamá me contó que se había unido a las fuerzas revolucionarias. Había escuchado, en la peluquería, que una noche se robó el rifle del chofer que tenía escondido dentro del coche y se fugó al monte. En la peluquería siempre hablaban de esas cosas en bajito, como secreto. Entonces, dijo que también pudo haber malentendido el chisme. Nosotras nunca hablamos del tema.
La bruja empieza a desesperarse.
— Agarren sus monedas — nos ordena. Nos mantenemos inmóviles. La bruma está densa y siento cómo el frío sube desde la tierra mojada hasta mi espalda baja. Las cuatro monedas brillan con la luz de la tarde y contrastan con la palma agrietada. Suman dos pesos. Era toda la fortuna que habíamos podido juntar entre las tres.
Ante nuestro silencio, la bruja se vuelve hacia Félix y le lanza un gesto de desaprobación. Félix le sonríe de vuelta como si su plan fuera un triunfo. Levanta El Mañana, el periódico de la revolución, y sigue leyendo. Solo alcanzo a ver una foto de unos hombres encapuchados con fusiles en la carátula.
—Oye, Félix, te pasas… —le grita por encima de nosotras—. ¡Estas niñas ni plata traen!— nos señala como si fuéramos unas inútiles. Félix encoge los hombros y finge que no la oye. Ya había cobrado su parte y supongo que nada más le importa.
La mirada de la bruja nos atraviesa con desprecio y siento más presión en la cabeza. Sus ojos saben mirar igual que los de las monjas de nuestro lado de la reja. Por faltas mínimas nos mandan de pie al patio congelado a rezar cientos de avemarías, casi todos los días. Los dedos y la nariz se nos hielan. Solo la junta celestial de los viernes nos regala tiempo para escapar al bosque y ver qué cosas prohibidas nos trae Félix de afuera.
— Bueno, ni modo — frustrada, guarda los dos pesos en su bolso y se da media vuelta para largarse sin darnos nada a cambio.
—¿Cuánto más necesitas? —Grita Alba, en un arrebato que rompe nuestro silencio grupal. Da un salto de conejo y queda prendida a la reja con las manos y los pies. Sus cachetes se aplastan contra el metal podrido y me preocupa que le dé tétano.
—Pues, si ya estoy acá… diez pesos —escucho a Valeria espantarse. ¿Cómo vamos a conseguir ese dinero?
Una semana atrás, Félix nos contó la historia de la bruja. Habló de cómo ella veía el futuro, de la sabiduría de sus manos y de los rituales en el bosque. Dijo, además, que era completamente peluda.
— ¿Quééé? —habíamos respondido en coro fascinadas.
—Te lee el futuro con unas cartas — dijo mientras encendía un cigarro.
— ¿Y los pelos? — preguntó Alba.
—De pies a cabeza, ya verán —movió las manos de tal forma que nos hizo pensar que nos encontraríamos con un oso de peluche gigante.
—¿Cuesta? —pregunté, porque nunca nada había sido gratis con Félix.
—Lo que consigan —dijo con tranquilidad. Y ahora puedo ver que era una mentira al aire.
Esa noche no pudimos dormir de emoción. Valeria incluso despertó con la cama mojada, y las monjas no tuvieron mejor idea que humillarla, mostrando el colchón empapado de orina en medio del patio, con ella desfilando al lado. Malditas monjas.
—Maldito Félix — dice Alba y suelta la reja. Su trampa ya está armada.
—Pero es lo único que tenemos —confiesa. Nunca la había visto suplicar.
—No es cierto — señala sus orejas de Alba con la uña de su dedo índice —. Dame esos.
Alba se arranca los aretes de perla con prisa antes de que la bruja pueda cambiar de opinión. Ella los arrebata de la palma con un movimiento seco.
—Ahora sí —dice victoriosa. Creo que nos está asaltando, pero ni loca voy a decir algo.
Atrás, Félix sigue inmerso en su periódico. Me prometo a mí misma que será la última vez que haremos negocios con él, aunque no sé cómo podríamos cumplir esa promesa. Cuando la bruja mete las perlas en su bolso, el ambiente se relaja. Hasta creo que está sonriendo.
—¿Dónde nos vas a leer el futuro? —pregunta Alba, olvidándose por completo de la tensión de hace apenas unos segundos.
—Aquí nomás — saca una manta negra de felpa y la empieza a estirar con cuidado sobre el suelo fangoso. Se arrodilla sobre la manta. Nosotras hacemos lo mismo de nuestro lado de la reja, solo que nuestras rodillas sí tocan el musgo y se embarran con la tierra húmeda.
—Si las monjas nos ven, nos van a quemar vivas —dice Valeria.
—¿Y? —responde Alba empecinada con el ritual.
Ya sentadas y rodeadas por la bruma, es difícil divisar a Félix y ni hablar de la escuela, que había desaparecido a cada paso que dimos mientras nos adentramos en la profundidad del bosque.
—¡Yo primero! — Alba levanta la mano como si estuviera en clase. La bruja no le hace caso y enciende las tres velas rojas pequeñas como si fuera una ceremonia. Luego, mueve el cuello en círculos rápidos. Observamos en silencio.
—No. Ella va primero —me señala. El estómago se me revuelve. Siempre Alba va primero en todo. No digo nada porque, en este rincón olvidado del bosque, la bruja es la que manda.
Mezcla sus cartas viejas y gastadas como una profesional. La parte de atrás de cada una muestra un ojo abierto en el centro y, cuando las extiende sobre la manta, parece que miles de ojos nos observan. La escuchamos murmurar unas palabras en otro idioma. No suena muy distinto a cuando las monjas rezan el credo.
—¿Qué quieres que las cartas te digan? —Me pregunta, cerrando los ojos.
—Quiero saber cuándo me voy a casar —me sale de un solo golpe.
—Elige tres cartas — las señala y veo los pelos trinchudos escapar por sus muñecas. Elijo una carta de la esquina izquierda, otra del lado derecho y, por último, una del centro. Salió una mujer en un lago, un hombre en una carroza y ocho copas doradas.
—Tienes que tomar más agua, hija —dice, mostrando la última carta.
—Es una genia —dice Alba, asombrada ante un comentario que ni entiendo.
Agarra las cartas y se las pega al corazón, cerrando los ojos como si meditara. Me reviso por dentro. ¿Cuánta agua más tengo que tomar?
—A los 34 años… Sí, a los 34 — confirma. Me muero. A esa edad seré una anciana. No digo nada por miedo, pero escucho un sutil “¿Qué?” de Valeria.
—Pero no vas a amar a tu esposo. Nada. Aquí, ¿lo ves? — señala al señor en la carroza y no entiendo nada.
—Eso es —dice tajante, sin dejar lugar a negociación. Seguimos contigo. Señala a Alba.
Recoge las cartas con cuidado y, antes de barajarlas, vuelve a llevarlas a su corazón. Alba me empuja con las rodillas para recuperar su protagonismo.
—Yo quiero saber cuándo iré a Australia —pregunta.
Alba elige tres cartas pegadas al extremo derecho. El seis de espadas, una torre que se derrumba y un viejito vestido con una túnica.
—No, mi hijita. Ese no es tu destino. No saldrás de Santa Inés—. Alba abre la boca para protestar, pero la bruja no le da oportunidad.
—Perdón… es que hay algo que me está gritando por dentro —. Se lleva ambas manos al vientre, como si necesitara expulsar algo urgente. — Tengo que decirlo — se le escapa un tono maternal.
—Tú —señala a Valeria, apenas un poco atrás—. ¿Qué estás buscando?
Valeria se incomoda con la pregunta y no responde.
—¿A qué te refieres? —dice Alba, acostumbrada a hablar por ella.
—Estás buscando algo… —levanta el mentón— ¿Qué es?
El silencio se siente espeso.
—A su mamá… —responde Alba, poniéndole voz a lo que Valeria no se atreve a decir.
—Su mamá… —repite, inclinando la cabeza hacia atrás, como si el ambiente boscoso le estuviera dando información. Se masajea el entrecejo peludo con los ojos cerrados.
—A ver… —anuncia—. Elige una carta, por fas…
Parece que ha empatizado con Valeria, quien se acerca de rodillas mientras Alba y yo le hacemos espacio.
—Elige la que quieras.
Valeria se inclina hacia el abanico de naipes de ojos y elige una carta del centro. La abre frente a nosotras. La carta muestra a un hombre con sombrero de plumas caminando al borde de un precipicio; lleva una pequeña bolsa colgada de un palo sobre el hombro. La bruja arrebata la carta con voracidad. La observa de cerca, como si en los detalles pudiera encontrar más respuestas.
—Con eso no basta — murmura —. Necesitamos algo más poderoso. ¿Aceptan?
No sé si está motivada por resolver el misterio o si, en serio, quiere ayudar a Valeria. En todo caso, las tres asentimos con la cabeza. Y aunque quiero salir corriendo, entiendo que no hay vuelta atrás.
Despeja todas las cartas de la manta, incluso las que decían que Alba viviría en Santa Inés para siempre. Coloca las tres velas en el centro y deja solo la carta elegida frente a nosotras.
—Levántense —dice mientras se pone de pie y extiende los brazos, esperando que los nuestros.
— Cierren el círculo.
Alba se levanta y toma la mano de la bruja entre la reja. Con la otra, agarra la mano de Valeria. Hago lo mismo, aunque lo único que quiero es regresar a mi cama y dormir hasta mañana. Formamos un círculo entre la carta y la reja. De lejos, parecemos parte de un ritual satánico. Si las monjas nos ven, ahora sí nos queman vivas. Las manos de Valeria sudan. Las de la bruja son secas y raposas, tanto que me pican la piel.
A un lado, Félix levanta la mirada por encima de su periódico. Por fin, la escena le resulta más interesante que la lectura.
— Cierren los ojos y concéntrense — ¿En qué? pienso. Pero no me atrevo a preguntar.
Espío entre mis pestañas porque la curiosidad me gana. La bruja inclina la cabeza hacia atrás y recita unas palabras raras a los árboles.
—Perdón, no está funcionando. Las plantas de sus pies deben tocar el suelo. —ordena.
De todas formas, nuestros zapatos de charol ya casi están hundidos en la tierra. Con prisa, dejamos nuestros zapatos a un lado y siento cómo la tierra helada traspasa mis medias.
La bruja aprieta mi mano con fuerza. Siento que estoy teniendo una reacción alérgica.
—La veo… sí… está en el extranjero, hijita.
—¿Qué? — respondemos. Abro los ojos para ver a Valeria parpadear varias veces, como si no entendiera las palabras.
—Sí, fíjate. Está en la playa, en una isla —Valeria solo mantiene los ojos clavados.
—En el Caribe se me hace —. Veo cómo a Valeria le tiembla la barbilla y se le llenan los ojos de lágrimas. La quiero abrazar, pero temo que, al soltar su mano, nos caiga una maldición o algo así.
—¿Qué más? —pregunta, con la voz quebrada.
—Tiene un amante… es muy guapo — Las cuatro suspiramos.
—¿Cuándo regresa? —demanda Alba.
Hay un silencio largo. La bruja presiona sus labios delgados y empieza a emitir unos sonidos que jamás hemos escuchado. Un balbuceo agudo, como chillidos de ratón. Las tres nos quedamos quietas esperando la revelación.
—¿Y entonces? —pregunta Valeria. Siento sus dedos mojados apretar los míos mientras la bruja sigue con sus ruidos. Esperamos.
—Dice que se pongan los zapatos, que se van a resfriar.
—¿Cómo?
—Eso — nos suelta las manos de golpe, como si hubiera terminado la tarea.
—¿Cómo que “eso”? —Reclama Alba.
—Si quieren saber más… tienen que pagar más. —Su voz se corta por un instante, como si recordara algo que le incomodara.
— Pero no todas las verdades se pueden comprar, hija.
No nos queda otra que soltarnos y mirar cómo apaga las velas, envuelve sus cosas en una bola y las mete en su bolso.
—Pero… ¿cuándo vuelve? —Insiste Valeria.
—No nos puedes dejar así —Alba vuelve a colgarse de la reja con manos y patas.
—Soy libre de hacer lo que quiero—responde. Se despide solo de Félix, que ni se molesta en contestar.
—Eres una malagradecida —le grita Alba. La bruja nos da la espalda y se interna en los matorrales con el mismo paso con el que había llegado.
—¡Maldita! — el reclamo le sale del corazón a Valeria.
—Ni peluda eres —agrego como si fuera un insulto.
Confundida, Valeria se queda con la mirada clavada en la reja, como si esperara una respuesta. En silencio, vemos cómo la bruja nos abandona. Nos sacudimos la tierra, nos ponemos los zapatos y empezamos a caminar. Arriba, el cielo empieza a oscurecer. Tenemos apenas unos minutos para llegar ilesas a nuestra habitación.
