No hay manera de traducir el viento que los cruza. Es una imagen que siempre me ha rondado, que siempre he tenido en cuenta a la hora de explicar o poner en relevancia el efecto de sentarse a escribir, independientemente del género literario que se aborde. De igual modo sucede cuando uno está leyendo y siente el encantamiento del acto en sí, porque nos han puesto en las manos un cúmulo de ensueños y desvelos y rutinas que tomó forma de libro. Y es que un libro es un objeto sencillo, nunca simple, nunca dentro de lo posible, de lo que uno puede desear como lectura, pero tiene mucho parentesco con cualquier árbol, más allá de las páginas fabricadas con la pasta de sus hojas y sus troncos. La celulosa es la primera tinta. El tremar de las ramas, el primer latido que reverbera en las palabras. 

La ausencia de unos y de otros induce a los desasosiegos. Cuando es verano y uno se escapa al pueblo, aunque valdría cualquier rincón campestre o urbano y cualquier estación con sus días vacacionales, es cuando mejor se siente el placer de rodearse de libros y del paisaje que rivaliza con ese terreno clausurado por unas tapas, con su cubierta y texto de contracubierta atractivos y celosos de la atención de uno. Con la puerta o la ventana abiertas, ya concentrados en lo que se está narrando, ellos pueden sentir envidia y agitarse para que no olvidemos su presencia, que será siempre más alta e impresionable. 

Hay libros que, siendo conscientes de la eterna lucha que no parece que vaya a tener fin, se intentan adelantar mencionando su prestancia, su influencia en nosotros. En el pueblo suelo repasar el diario Correo de otra parte, de Miguel Sánchez-Ostiz, porque me gusta que en las primeras líneas se percate, por un lado, de las personales insuficiencias con las que uno comienza y pretende llevar a cabo una escritura diarística, y por otro lado, de seguido, aclarar que la imagen de una tala de árboles puede no ser la más adecuada para abrir el apetito lector, para que desde esa página uno quiera llegar hasta las últimas, admirado de la calidad que se anuncia. Es el caso, por suerte, y uno se queda prendado de esa afinidad que sienten los diarios y sus escritores con el compás rítmico y temporal que marcan los árboles. «Imagino que la imagen de esos árboles tronzados es algo que a las gentes curiosas de las cosas del tiempo, en esta ciudad, sólo aquí, les puede resultar amargo. No en vano es una parte del paisaje, un decorado familiar que desaparece y lo hace para siempre. Luego se olvidan, luego nos olvidamos todos y vamos a asuntos de más sustancia. Y es precisamente ese Nevermore del cuervo de Poe lo que convierte un hecho no muy relevante, como es el de la tala de unos árboles enfermos, en algo punzante. Porque, en efecto, nunca más la frondosidad de los árboles del parque de la Taconera, de los fosos del baluarte del Redín o de Sarasate. éste Ya sólo es del decorado de unos juegos infantiles, más solitarios de lo que siempre había creído, de la comprobación del delicado paso de las estaciones, de amigos que desaparecieron para siempre; pero a los que seguimos viendo, como si de un raro espejismo se tratara, caminar bajo esos árboles —ramas negras empapadas de agua con manchas verdes de líquenes—, un día de nieve, un último día de pasos perdidos, y ahora un escenario de desolación… Un cambio demasiado brusco. Y aferrarse a ese recuerdo, a esos decorados, es tanto como negarse a aceptar otra vida». 

Releído ese fragmento y otros del libro con la cuenta perdida, uno debe admitir que prefiere la negación de esa parte de la vida en la que otros han decidido que falten, que la amargura de sus huecos nos invada allá donde miremos, por afligido que suene, más que romántico pretendido, y la línea es muy fina. En la entrada del pueblo, es recurrente dicho pensamiento desde que hace años decidieran cortar los chopos más altos y más viejos que se erigían como bienvenida y salvaguarda para los que entraban y salían. Con ellos, se conservaba ese aire de templo, esa vigilancia de algo superior que, en su mezcla de discreción y sobrecogimiento, nos acompañaba. Hoy, sus tocones han sido comidos por las hierbas de los prados, las zarzas, las flores de luna. Poco más se puede hacer que rememorarlos hasta el desgaste y el cansancio de las ilusiones que nos suscitaban. Pero hay algo fuera de lugar en esas elegías que ponemos en derredor ante lo que no es sino el orden natural del espacio campestre. 

En un capítulo del ensayo La ciudad sin imágenes, de Juan Gallego Benot, a propósito de estas percepciones, dice que «la creación romántica del mundo rural ha de ser entendida como el producto de una cultura eminentemente urbana. Frente a la terrible ciudad, […] el campo funcionaría como el lugar verdadero de enunciación, el único desde el que se podía observar todo».Y en efecto, lo elegimos como lugar desde el que comunicarnos a pleno pulmón con la ayuda de las verdades más certeras con las que creemos y decimos sentirnos identificados. Nada más lejos. El campo, el paisaje rural, los árboles, el total o el detalle que se escoja de los mismos, están ahí con suprema inmovilidad, con beata indiferencia, y somos nosotros los que deformamos su realidad y estado con nuestra indiferencia, más salvaje, más destructora, con nuestro afán de aniquilamiento, por lo que resulta sumamente cínico que nos dolamos a posteriori por la pérdida y el maltrato hacia los mismos. Ellos ya estaban ahí. Ya nos observaban. Han pasado siglos y nosotros no hemos aprendido todavía a convivir con ellos sin estropearlos. ¿Son válidas, pues, las redenciones desde la literatura? Sí, pero no y viceversa. Ninguna pasa de la elegía. Hay que saber componerlas y ganarse el respeto por cantar a esas desapariciones. Pero, ¿no valdría más lo preventivo que lo enunciativo? ¿No valdría más la visión distante hacia su hermosura que la euritmia de unas intenciones y unas palabras ante la nada que se ha dejado? Nos negamos a aceptarlo igual que nos negamos a dedicar los cuidados que merecen. Pese a las vueltas que continúan dándose a esta cuestión, persiste la falta de respuesta, no digamos la de acuerdos entre quienes tienen mayor capacidad de acción. Nosotros sólo podemos seguir mirando lo que está por salvarse o perecer. Ley de vida, dirán algunos, con todas sus injusticias. Es lo natural, dirán otros. Sí, pero no y viceversa y así hasta el infinito y la elegía esperando su pie para entrar en escena.

Uno tampoco se escapa de esta encrucijada. Evidenciando el telón de fondo que es la naturaleza y los árboles en particular en todo lo que escribo, reconozco el apunte de Benot como lo que no puedo olvidar. No me pertenecen ni ese paisaje espera mis ocurrencias. Tomo de ellos lo que considero hermoso y terrible porque de corazón siento que se corresponden con los motivos que me inspiran. Pero uno es de ciudad y, por mucho contacto ininterrumpido que haya tenido a lo largo de la vida, no podrá ver en ellos más que la creación que he forjado; desde las lecturas, primero, de la misma cuerda sensitiva, y más tarde con el aprendizaje directo, paseando, sabiendo sus nombres, sabiendo lo que se ha hecho con ellos, cómo han cambiado, aceptando la incertitud de lo que los deparará. Esto último, igualmente, se vuelve motivo de inspiración. La muerte enamora y engancha, «luego nos olvidamos todos y vamos a asuntos de más sustancia», claro. ¿Se puede aprender de esa amargura que se engalana por temor de su pegajosa esterilidad? Si vuelven en forma de libro, si se los rescata en sus páginas, ¿se rebaja la vanagloria de la que siempre se aprovecha la literatura? 

De nuestra mano a sus hojas penden incontables títulos que sirven de ejemplo. No tienen la culpa de nuestro malherir. Son migajas, rastros de lo esquilmado. Pero también semillas y recordatorios. Trivialidades del mundo de las ideas cuando los desastres se los llevan por delante, pero tampoco podemos quedarnos con el aspecto negativo en el que es fácil acomodarse. Hay que agradecer el «oquedal marino», como dice el verso de Juan Antonio Bernier, que entrelaza su conjunto de copas con el rumor de las páginas que adelantamos para saber cuánto nos queda de lectura, cuando esta nos abruma o nos aburre. Hemos de adentrarnos en él. Escuchar ese otro corazón emboscado que nos habla de nuestras ambiciones y rebufos. Su tono seguirá siendo el mismo. El viento los atravesará y volverán las preguntas. ¿Qué nos dicen en su acunar? ¿En qué hemos creído? ¿Podemos cambiar?  Altas hileras de verdor intenso. De vida inalcanzable. 

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